sábado, 11 de febrero de 2017

La Rayuela. Un juego adivinatorio e iniciático


La rayuela es un juego ancestral de iniciación al conocimiento de uno mismo, de donde provienen el juego del laberinto, la petanca y el juego de la oca.

La mayoría de los juego para niños y juegos de salón, en un principio , eran adivinatorios e iniciáticos. En un mundo donde la razón, la lógica y la ciencia exacta son las que mandan, los principios adivinatorios e iniciáticos han sido relegados a las mazmorras, a un pasado  en el cual creemos  que reinaba  de forma absoluta el oscurantismo y las supersticiones en la mentalidad de los hombres. Ahora bien, históricamente, es un hecho que durante los 10.000 años que han precedido a nuestra época, todos los pueblos del mundo tuvieron alternativamente períodos oscuros e ilustrados.

LA ADIVINACIÓN, CIENCIA DEL POETA

Durante los períodos ilustrados, el espíritu de los hombres fue inventivo y creativo. La iniciación al saber y a los conocimientos  adquiridos cobraron todo su  sentido. No bastaba con aprender  para saber, había que comprender, experimentar, vivir, crear para conocer. Incluso si nos provoca alguna sonrisa hoy en día, el hombre iniciado de la Antigüedad era un poeta, en el sentido etimológico del término, que viene del griego poiêtês, que derivó en poiein, que significa «autor, creador, artesano, fabricante».
Para nosotros, el poeta no es más que un versificador o un escritor, que raramente puede vivir de su pluma y al que consideramos un dulce soñador, que vive lejos de la realidad material y tangible de este mundo. Pero para nuestros antepasados era un realizador, que solo podía serlo si había sido iniciado en el saber y el conocimiento, los cuales, por supuesto, revelaban el poder divino. No se concebía el conocimiento sin sabiduría. Y la sabiduría partía unida a la adivinación, la cual relacionaba lo divino en sí mismo y alrededor de sí mismo y favorecía la comprensión intuitiva de los gérmenes de los acontecimientos y las causas ocultas para poder ejercer el libre albedrío y la fuerza de voluntad.
En cambio, durante los períodos oscuros de la historia de la humanidad, este saber y conocimiento fueron mal utilizados por un pequeño número de seres malévolos, ávidos, codiciosos y tiránicos. Remontando el curso del tiempo, observamos que no han faltado impostores y usurpadores. Por desgracia, nuestra época no es una excepción. A veces, son los que tienen el poder. Entonces, un velo se tiende sobre el espíritu y la memoria de los hombres y éstos se oscurecen.

¿DE DÓNDE PROVIENE LA RAYUELA?

No se sabe de qué civilización viene, ya que no se conoce su origen exacto. Sin embargo, la estructura arquetípica, universal y astrológica de lo que hoy no es más que un juego de niños deja suponer que este juego iniciático nació en Mesopotamia. Pero debemos saber que su pista se encuentra en la India y que unos textos chinos demuestran su existencia 2.357 años antes de nuestra era. De manera que, al igual que la cruz o la espiral, por ejemplo, símbolos universales, encontramos la rayuela en tiempos muy anteriores a los nuestros y en todas las civilizaciones. No obstante, si creemos a Platón la rayuela nació en Egipto. En todo caso la rayuela griega, que se llamaba la kubeia, era de inspiración egipcia.
En Egipto se han encontrado numerosas figuras con casillas llenas de jeroglíficos. Según los textos egipcios, la rayuela la utilizaba el difunto para jugarse su destino en el laberinto del más allá.



RAYUELA Y LABERINTO

En efecto, en muchos aspectos, la rayuela nos hace pensar en el mito del laberinto. Tanto en la rayuela como en el laberinto, el jugador o iniciado debe encontrar la salida, que simboliza la vida eterna. El vencedor del laberinto puede regir su propio destino. Ahora bien, para vencer en el laberinto, no basta con encontrar la salida; además hay que encontrar el centro. Se trata de un juego metafórico, luego iniciático, y ello debe ayudar al jugador a tomar conciencia de que la liberación a la que aspira se encuentra en sí mismo, en el centro de su ser.
En el centro del laberinto se encuentra la puerta de otro camino. Ésta es la puerta a la que hace alusión san Mateo en el Evangelio: «Estrecha es la puerta, angosto el camino que lleva a la vida y pocos son los que la encuentran». (Mateo 7, 13-14)
El jugador de la rayuela se lanza a una búsqueda similar: emprende un recorrido repleto de dificultades, durante el cual podrá conseguir un objetivo supremo, tendrá una revelación, si demuestra habilidad, perspicacia, resistencia e inteligencia más que fuerza o proezas físicas. Señalemos de paso que la mayoría de los cuentos de hadas, también relegados hoy en día al universo de los niños, proceden del mismo principio, casi siempre poniendo en escena un héroe o un antihéroe que, después de pasar mil y una trampas y pruebas, llegará a una especie de felicidad suprema o felicidad perfecta. Como podemos constatar todos los símbolos y mitos, y todos los soportes utilizados para transmitírnoslos, coinciden, se unen, se confunden y tienen una misma cultura y una misma visión universal de la vida, la naturaleza y el destino humano. Es todo lo que hemos perdido y que reencontramos cuando nos sumergimos en el universo regenerador de los mitos y símbolos. Estos últimos nos permiten entrar de nuevo en relación con nosotros mismos- ¿Quién puede presumir de amar al otro si no se conoce y se ama a sí mismo?
La rayuela es un juego iniciático en cuanto conduce al hombre a progresar, a avanzar de casilla en casilla, hasta que llega a su objetivo. No está hecho para permanecer tal como es. Siempre debe evolucionar. Éste es su destino. En Mesopotamia, en Egipto, en China, en la India, en Grecia y en Roma, y más tarde en toda la Europa medieval, eran los adultos los que jugaban a la rayuela. Al hacerlo se recordaban a sí mismos que los hombres sólo son paseantes, es decir, que están de paso por esta Tierra, pues tenían otro objetivo que conseguir, otra misión que cumplir, una puerta estrecha que encontrar.

LAS REGLAS DE JUEGO DE LA RAYUELA

En la Edad Media, la rayuela ya no se jugaba sobre una mesa. Era más o menos similar a la que todavía juegan las niñas hoy en día.
Este juego se ejecutaba con una piedra que era lanzada sobre una figura geométrica. El jugador actuaba a modo de ficha. Debía saltar de casilla en casilla, a la pata coja, empujando la piedra que se suponía representaba su alma. Partía de la Tierra, para conseguir el Cielo, el Paraíso, vigilando no caerse en el pozo o en el infierno durante el recorrido. Pero no debía conformarse con avanzar a la pata coja. Estaba obligado a ciertas contorsiones y juegos de piernas complejos. En ningún caso la piedra debía pararse sobre una línea, ya que, de la Tierra al Cielo, no hay fronteras, ni zonas de demarcaciones, ni separaciones ni descanso. Al realizar su recorrido, el hombre practicaba su habilidad y desarrollaba así sus propias cualidades. ¿No es éste el fin último de toda vida humana?

domingo, 24 de abril de 2016

La telepatía


¿Podemos captar el pensamiento de los demás o transmitir el nuestro a otra persona? Sin duda. ¿Pero somos dignos de ejercer tal poder?

Un inglés llamado Myers fue el primero, hacia el siglo XIX, en bautizar los fenómenos de transmisión de pensamientos con el nombre de telepathy, es decir, "telepatía", formada a partir del griego tele, "lejos", y pathos, que podemos traducir por "experiencia padecida, afección, emoción del alma, malestar, lo que sucede".

De manera que la telepatía designó, en un principio, un fenómeno -que podemos llamar pseudo-científico porque sólo se verifica parcialmente desde un pinto de vista científico- que se halla muy cerca de lo que Carl Gustav Jung llamó la sincronicidad, es decir, "simultaneidad entre dos acontecimientos o hechos reales".

Por lo que a la telepatía se refiere en su concepto original, se trata, pues, de sensaciones o emociones que dos seres pueden experimentar a distancia, exactamente en el mismo momento, y que se transmiten tal vez a través del pensamiento.

LA TELEPATÍA Y LA CIENCIA


Se han realizado muchas experiencias para estudiar este fenómeno que algunos científicos se han tomado muy en serio por razones obvias: si los hombres poseen cualquier capacidad para poder comunicarse solamente con el pensamiento, don que podrían eventualmente cultivar y explotar, su vida podría transformarse. En efecto, imaginemos que, desde nuestra más tierna infancia, fuéramos capaces de utilizar nuestro pensamiento para comunicarnos entre nosotros al mismo tiempo que aprendemos a leer y escribir. 

No haremos aquí una  enumeración de todas las experiencias, algunas de las cuales están marcadas por el mayor rigor y otras por la mayor fantasía, que han tenido lugar desde principios del siglo XX, y que todavía hoy suceden, sobre este famoso fenómeno de la transmisión de pensamiento. Citaremos como anécdota, la que fue realizada por la NASA durante el vuelo del Apolo 14, en febrero de 1971, todo hay que decirlo, después de que los norteamericanos estuvieran bajo el impacto del vuelo Apolo 13, que casi costó la vida a los tres cosmonautas de la cápsula espacial.

Así pues, EDgar D. Mitchell, capitán de esta expedición lunar, se sometió al conocido test de las cartas, llamadas de Zerner, por el nombre del inventor de un juego constituido de 25 cartas o 5 veces 5 cartas blancas, en las que figuran una cruz, un cuadrado, un círculo, una estrella de 5 puntas y 3 líneas curvas superpuestas en forma de olas. Este test, que se realiza muy a menudo, es muy sencillo: dos personas, suficientemente alejadas como para que no tengan ninguna posibilidad de comunicarse y, preferentemente, desconocidas, disponen de las 25 cartas en cuestión. Por turnos, cada una de ellas escoge una carta que lleva uno de los 5 símbolos y que el otro debe adivinar, hasta que se agote el juego. La prueba del astronauta del Apolo 14 parece que fue totalmente convincente. Pero la NASA nunca dijo nada y no se sabe las conclusiones a las que llegaron, ni qué eventuales aplicaciones se han llevado a cabo. Otras observaciones científicas se han realizado con electroencefalogramas, detectando y midiendo las ondas alfa, que se manifiestan con mucha intensidad cuando un ser está muy concentrado, pero también cuando sueña. Hoy día, esto es todo lo que la ciencia puede enseñarnos en cuanto al fenómeno de transmisión de pensamientos, que, sin embargo, forma parte de esas creencias empíricas a las que muchos de nosotros nos acogemos sin buscar necesariamente pruebas tangibles que las sostengan.

Así, pues, una gran encuesta realizada por una revista muy seria, revelaba que más del 40% de las personas encuestadas creían en fenómenos de telepatía y de radiestesia, disciplinas a las cuales parece que encontraban puntos en común.

LA TRANSMISIÓN DEL PENSAMIENTO

Sin embargo, es interesante observar que el término "telepatía" fue designado para un fenómeno que se traduce, según algunos testimonios dignos de creer, por el hecho de experimentar un mal, un dolor, un sufrimiento que físicamente realmente siente otro individuo en el mismo momento. En casi todos los casos, se trataba de dos seres suficientemente cercanos el uno del otro, no en el espacio, sino de corazón, para que a uno le afectase lo que pudiera ocurrirle al otro. Ahora bien, las experiencias y estudios científicos que se han hecho hasta la fecha nunca han tenido en cuenta los sentimientos que podían sentir el uno por el otro, el vínculo entre los dos seres escogidos para efectuar el test de las cartas de Zerner. La cuestión está aquí: ¿se puede medir científicamente la intensidad de sentimientos profundos que unen a dos seres? Sin duda, no.

Podemos objetar que algunos fenómenos telepáticos a veces se han producido entre individuos que no se conocían, por consiguiente, que no tenían ningún lazo ni afinidad entre ellos. Es cierto. Pero ello no excluye que los sentimientos sutiles que unen a ciertas personas por el juego de las afinidades, y aún más cuando no han tenido ninguna oportunidad de conocerse físicamente, entran en juego, intervienen e interfieren en este tipo de fenómenos. Es lo que demostró Carl Gustav Jung al exponer su ley de  


la sincronización. No podemos decir que dichas leyes sean totalmente científicas, es decir, medibles y verificables de forma sistemática. Pero ello no significa que no existan. Por otro lado, creemos que es bueno precisar que nada nos permite asegurar que la mentalidad de los hombres de hoy es lo suficientemente generosa y evolucionada como para dominar el fenómeno de la transmisión de pensamiento y poder ejercerlo libremente. En efecto, ¿te imaginas lo que pasaría si algunos seres malintencionados, cuya intensidad y poder de pensamiento fuese mayor o dominante, tuvieran la posibilidad de influir en las elecciones, las ideas, las convicciones y los actos de otros seres provistos de un pensamiento más débil, influenciable o maleable? De manera que, antes de preocuparnos por dominar y comunicar nuestros pensamientos, pensemos antes en conocerlos mejor.

sábado, 1 de agosto de 2015

El chamán


El chamán, sacerdote, brujo, mago, adivino, médico, curandero, poeta, músico, cantante, es un ser aparte, tal vez más cercano a nosotros de lo que creemos.

¿Qué es un chamán? En un principio es el nombre que se da a un personaje enigmático y paradójico, diríamos que "desplazado", actualmente.
Se le podía encontrar sobre todo en las regiones del centro y del norte de Asia, donde se le llamaba ojun en yakuto, el idioma de los pueblos de Siberia oriental, a la cual pertenecen los manchúes de China y los udegueis de Rusia.

EL CHAMÁN, SACERDOTE Y BRUJO
La función de este personaje era la de representar un papel social y religioso, que se situaba entre el de un brujo y el de un sacerdote, al menos tal como nos lo imaginamos en nuestras civilizaciones contemporáneas, el brujo pareciéndonos un ser con poderes inquietantes, que trabaja en la sombra, manipula las llamadas fuerzas ocultas, y el sacerdote siendo, por supuesto, el ser dedicado a Dios, su ministro y su servidor, un hombre de bien, que actúa a la luz del día.
Sin embargo, el chamán era a la vez sacerdote, en cuanto estaba al servicio de los hombres y de las mujeres de su clan, que pertenecía a los dioses con los cuales conversaba, y a los que se consagraba para interceder en favor de los hombres, y también brujo, puesto que conocía los misterios de los poderes y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sabía utilizar y aprovechar oportunamente. Pero el chamán, además de ser sacerdote y brujo, también era médico, curandero, mago, adivino, poeta, músico y cantante.
Guardián de las tradiciones y las creencias que transmitía y salvaguardaba, se identificaba con todas las formas de vida existentes en la naturaleza, desde la piedra hasta el pájaro.
Al haber sido piedra, pez, pájaro, ciervo, árbol, incluso espíritu o demonio, era capaz de alimentarse de todas las cosas existentes aquí abajo y en el Más Allá; dominaba las fuerzas, las substancias y los lenguajes secretos, que le conferían, por supuesto, poderes sobrenaturales y sobrehumanos.

UN DON DIVINO
Sin embargo, precisemos que, según los pueblos de Siberia oriental, el chamán no tenía ninguna otra elección que la de encarnar este papel, puesto que era su destino, su vocación y su cruz. El hombre o la mujer destinados a convertirse en chamanes llevaban la marca indeleble desde su más tierna infancia. ¿Cómo se reconocía? Por señales distintivas evidentes y, por supuesto, de orden sobrenatural. Puesto que se trataba de una marca divina.
En el mundo de la razón, es decir, el mundo que hemos creado pieza a pieza dándole unos límites precisos, bien definidos, que no deben sobrepasarse, el chamán queda como un loco, un insensato. Para nosotros, actualmente, se trata de un ser víctima de crisis de histeria, epilepsia o de exhibición, que no tienen nada que ver con manifestaciones de lo divino y que sólo alcanzan a ser un pretexto de ello.


Es cierto que al resultar relegadas las tradiciones y las creencias ancestrales, al menos la mayoría, al triste rango del folclore, es difícil encontrar un auténtico chamán hoy en día. Aún más cuando el universo de los medios de comunicación, del cual nos nutrimos demasiado, cada día más sin discernimiento, se presta más que cualquier otro al reino de los impostores y los usurpadores.
Ahora bien, el don divino de un chamán, que hacía de él un ser distinto, la facultad rara, excepcional que le marcaba desde su más tierna infancia y le destinaba, pues, a servir, ayudar, aliviar -y esto, incluso cuando suscitaba el miedo y el temor a los hombres y a las mujeres de su pueblo, puesto que se mostraba a ellos tal como eran ellos mismos, jugando a los hombres-espejo, una especie de reflectores de conciencias de su tiempo-, era esa capacidad tan singular el éxtasis, del trance místico, que parece ser la causa de una expulsión de uno mismo, un rapto del alma.
Muchos santos y santas de Europa tuvieron esta experiencia, como testifican los múltiples relatos de sus vidas y sus prodigios durante la Edad Media. Al igual que el chamán, casi siempre estaban dotados del poder de aliviar y curar y de realizar milagros.
Tenían visiones, entraban en trances extáticos, hablaban en un lenguaje poético de gran belleza, que tenía a la vez algo de incomprensible y de hipnótico, de hechicero y de misterioso, pero quienes lo entendían comprendían a medias, pareciéndoles entonces conocerlo desde siempre.
Es cierto, aparte de algunas excepciones, que se trataba más a menudo de mujeres que de hombres, como si la causa mística y el trance extático fueran estados más propicios a la naturaleza femenina que al temperamento masculino, al menos en Europa.
Tal vez, esto se explica porque, si lo observamos bien, una cultura llamada judeo-cristiana, de carácter imperialista, causó estragos en Europa durante muchos siglos, cultura que no tenía nada que ver con las raíces en las que se había inspirado. De tal modo, en Asia, el chamán era más a menudo un hombre y, en las civilizaciones antiguas, los sacerdotes-brujos y los sacerdotes-astrólogos eran hombres.
También se sabe que algunos brujos de los pueblos indios de Norteamérica eran todos hombres.¡Pero qué más da el sexo del chamán! Hombre o mujer-medicina, por su naturaleza, vocación y destino posee un poder de vida y de muerte, puesto que puede curar, acabar con el mal, invocar a los dioses y hablar su lenguaje, predecir el futuro, adivinar los pensamientos, las intenciones, los secretos del alma, ver y prever, salir de su cuerpo, entrar en otras formas de vida, penetrar en otros mundos y otras realidades.
Y nada dice que los dones y los poderes del chamán no sean dones y poderes innatos en cada uno de nosotros, que hemos ido perdiendo poco a poco a lo largo de milenios, al escoger otra vía entre las innumerables y variadas que ofrece la evolución y que la vida pone a nuestra disposición.


viernes, 17 de julio de 2015

La radiestesia o la ramita del zahorí y el péndulo


La ramita es el instrumento del zahorí y el péndulo es el de la radiestesia. Pero si bien siempre podemos fiarnos de la ramita del zahorí, no sucede lo mismo con quienes utilizan el péndulo.

No podemos aludir a esta ciencia esotérica sin dejar de recalcar hasta qué punto la frontera que separa lo racional de lo irracional, tal como lo concebimos hoy en día, es, a veces, muy delicada. Así, si la curiosidad fue una de las motivaciones principales que empujaron al hombre a estudiar científicamente el mundo a indagar en la realidad hasta sus raíces más profundas, incluso a veces las más insospechadas, tal vez las preocupaciones utilitarias y las aplicaciones prácticas de las investigaciones y descubrimientos científicos resultaron muy determinantes. Cuando observamos la historia, a veces se tiene la sensación de que, en general, el hombre hizo por casualidad un descubrimiento, llamado más tarde científico, con una finalidad puramente utilitaria, que demuestra ingenio y una especie de espíritu de iniciativa, que estableció un sistema que, casi siempre, reproduce lo que ya existe en la naturaleza, y que, una vez establecido, realizado y relativamente fiable, lo estudia científicamente para mejorar sus resultados. Y ahí es cuando comprende verdaderamente cómo funciona, toma medidas, hace cálculos, verificaciones, experiencias, en resumen, se convierte en este hombre de laboratorio que actualmente denominamos científico. En la frontera entre estos dos comportamientos, es decir, por un lado, el descubrimiento espontáneo, sin cálculos de precisión, con fines puramente utilitarios  y, por otro lado, el estudio científico, la observación sistemática de dicho descubrimiento, apareció la radiestesia, de la cual no podemos negar que se basa en unos principios y unos fenómenos conocidos, pero cuestan verificarlos científicamente, porque además de factores tangibles y que se pueden medir, también consta de parámetros que no lo son tanto.

¿QUÉ ES LA RADIESTESIA?
"Radiestesia" es un término bastante reciente, puesto que fue creado a finales del siglo XIX por un abad llamado Bouly para designar una ciencia que se basaba en un sistema y un método que permitía percibir y actuar sobre las radiaciones emitidas por el cuerpo humano en particular, y todos los cuerpos en general.
Procede del latín radius, "rayo", y del griego esthetikos, "que tiene la capacidad de sentir", y del que ha derivado "estética". Dicho de otra forma, literalmente, la radiestesia es la capacidad de sentir los rayos, sentido que, como vemos, se desvía considerablemente del punto de vista científico. En efecto, no decimos de un microscopio, por ejemplo, que tiene la capacidad de ver microbios. Así que la radiestesia, evidentemente, permanece ausente en todas las obras o diccionarios científicos, aunque encontremos largos capítulos dedicados a las radiaciones y los rayos. No es, pues, una ciencia en el sentido en que se entiende hoy en día.

LA RAMITA DEL ZAHORÍ
¿Cuándo, cómo y por qué razón práctica el hombre experimentó la necesidad de "sentir los rayos"? No podemos más que hacer suposiciones al respecto. Pero todo hace pensar que fue, ante todo, para encontrar agua, una fuente en un lugar donde, a priori, parecía haberla. Así, se han descubierto unas pinturas rupestres que datan del neolítico, en las cuevas situadas en el norte del Sahara, sobre las cuales  está representado un hombre con una ramita de zahorí en la mano. Pero también encontramos la famosa ramita de zahorí en el antiguo Egipto, en China y, sobre todo, en la civilización inca. La ramita de avellano, muy utiluzada, volvio a conocer un período de interés en la época de los grandes descubrimientos, puesto que algunos pretendían poder encontrar tesoros o minerales de oro y de metales preciosos gracias a este instrumento. Sin embargo, por razones fáciles de imaginar, quienes se dedicaban a detectar fuentes o acumulaciones de agua mediante la ramita de zahorí eran perseguidos con frecuencia por la Inquisición y puestos en la picota con los brujos y las brujas. Entonces, para la Iglesia, los brujos y brujas obedecían también al demonio.
A principios del siglo XVII, un inspector general de las minas del reino de Luis XIII había encontrado más de 150 vetas gracias a una ramita de avellano. Durante ese siglo, pero esta vez hacia finales del mismo, otro adepto a la ramita de avellano se hizo ilustre. Se trataba de un tal Jacques Aymar, de quien se oyó hablar porque podía reconocer los autores de algunos crímenes únicamente gracias a su varilla.
Ciertamente, todo esto provocaría más de una sonrisa hoy en día. Preferimos fiarnos de las huellas, llamadas genéticas. Hasta el día en que, tal vez, nos demos cuenta de que existen otras huellas todavía más indelebles: las que dejan nuestros actos en nuestras almas. Pero todavía no hemos llegado al punto de admitir que el alma se detecta por ciertas radiaciones que le son propias y que emanan de todos nosotros.

EL PÉNDULO


A partir de finales del siglo XIX, como ya hemos visto, apareció el término "radiestesia", al mismo tiempo que se extendía el uso del péndulo entre los que practicaban esta ciencia diferente. El primero en utilizar con asiduidad el péndulo fue el famoso abad Bouly, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y al que ya hemos hecho alusión. Lo usó especialmente para detectar muchos emplazamientos arqueológicos de la Edad Media y de la época galo-romana y de finales de la primera guerra mundial, cuando había sido enviado por el gobierno francés para rastrear las minas y los obuses. Como vemos, ni la Iglesia -que se había opuesto ferozmente a tales prácticas durante el período de la Inquisición- ni las instituciones -que en esta época eran menos reticentes en lo tocante a este tipo de prácticas, con tal que obtuvieran buenos resultados- despreciaron los servicios del abad Bouly. Sin embargo, aunque el movimiento del péndulo se basa en una ley fundamental enunciada en su tiempo por Galileo, y de la que nadie niega su exactitud, el uso que hacen los radiestesistas, especialmente como ayuda o soporte al diagnóstico médico, tal vez deba ponerse en duda. No diremos que no tiene fundamento; pero, dado que no se apoya sobre ninguna regla ni deontología, basta con que algunos tengan este instrumento entre sus manos para creerse provistos de un don sobrenatural que les permite curar o detectar fuentes, tesoros o la hucha de una abuela difunta. Así pues, si bien la ramita de zahorí ha dado prueba de sus aptitudes desde hace al menos 6.000 años, las del péndulo siguen sin demostrarse.


domingo, 12 de julio de 2015

¿De dónde vienen los ángeles?


Todos hemos oído hablar de los espíritus de la naturaleza, de genios buenos y de ángeles de la guarda. Pero, para conocer la verdadera historia de éstos, debemos empezar por descubrir sus orígenes.

La etimología de una palabra contiene a menudo las claves de su origen, de su significado. Éste es el caso de "ángel", forma derivada del latín angelus, y tomada del griego angelos, donde significaba "nuncio", "mensajero", la cual pronto empezó a usarse en el sentido de "mensajero de Dios". Ahora bien, angelos se empleó también para traducir un nombre hebreo muy antiguo: Mal'ak o Malakh (el mensajero), cuyo origen se remonta cuando menos al principio del primer milenio antes de nuestra era.

EL MENSAJERO DE DIOS
Hacia el siglo V a.C. aparece en el Antiguo Testamento el profeta Malakhi o Malaquías (cuyo nombre podríamos traducir por: "Mi mensajero", es decir, el de Dios). Este enviado divino anunció la vuelta de otro profeta, Elías. Su nombre significa "Yahvé es mi Dios".
De tal modo, y a partir de su etimología, se entiende que un ángel es un mensajero, un enviado de Dios, un cartero celestial, un intermediario entre el cielo y la Tierra, al que podemos fácilmente relacionar con los mitos y los símbolos del dios clásico Hermes-Mercurio, el intermediario entre los dioses y los hombres según las mitologías griega y romana. Éste es representado con dos alas en los tobillos, símbolos de inteligencia, espíritu y genio, pero también de clarividencia.
No obstante, todo esto no explica de qué modo se llegó a creer en los ángeles y en sus poderes, a invocar sus nombres, su protección.
En efecto, aunque percibimos claramente en los relatos bíblicos (del Antiguo al Nuevo Testamento) las funciones de profeta y de mensajero o de enviado de Dios que desempeña el ángel, no vemos tan claro cómo puede este influir en el destino de alguien en particular y convertirse en su ángel guardián. Para entenderlo hemos de remontarnos hasta la Persia del siglo VI a.C., lugar y época en que Zaratustra profetizaba.

DE LOS DIOSES A LOS ÁNGELES
En aquel tiempo, Zaratustra fundó la religión zoroástrica, cuya originalidad reside en que se basa en una síntesis de tres culturas religiosas: la de la India, la de Grecia y la de Oriente Medio. Así pues, según Zaratustra, el destino era el gran principio universal al cual toda manifestación de vida, en la Tierra y en el cielo, estaba sometida. Tal destino emanaba de una sabiduría primordial, de una voluntad inmanente que, en función de las circunstancias, se revelaba creadora o destructiva. Por otra parte, exceptuando a los hebreos, monoteístas, todos los pueblos contemporáneos de Zaratustra tuvieron su panteón de divinidades múltiples y variadas. Cada una de éstas era responsable o ejercía un poder, una influencia, sobre una u otra manifestación de la vida, sobre uno u otro principio de la naturaleza.
Partiendo de tales hechos, Zaratustra tuvo la genial idea, o la visión, de integrar esas divinidades en su religión, atribuyéndoles funciones de guardianes, protectores, responsables de los grandes esfuerzos de la naturaleza, de las manifestaciones y misterios de la vida en la Tierra, del destino de los pueblos y de cada individuo. En la religión zoroástrica, cada divinidad era la guardiana del destino de los principios naturales, de las plantas, de los animales y de los hombres. Cada cual podía tener su divinidad protectora, su buen genio, su servidor -que los discípulos de Zaratustra llaman Yazata, el Adorable-, el cual regía su destino. De las divinidades a los ángeles la distancia es muy corta: a partir de entonces, el ángel fue a la vez Malakh y Yazata, el mensajero y el adorable, el protector, el enviado de Dios entre los hombres.

ÁNGELES Y DIVINIDADES
Durante el siglo XVI, el interés por el culto a los ángeles experimentó un resurgimiento entre sabios y filósofos, lo mismo ocurrió con la cábala y las ciencias esotéricas. El alemán Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, doctor en teología, abogado, médico y astrólogo, escribió en su obra De la filosofía oculta, publicada simultáneamente en Amberes y en París en 1531, lo siguiente:
"Nadie ignora que con buenas obras, un espíritu sano, oraciones místicas, piadosas mortificaciones y otras cosas parecidas, podemos atraer a los ángeles de los cielos. Por lo tanto, no hay duda alguna, de que del mismo modo, y mediante ciertas cosas del mundo material, podamos atraer también a las divinidades del mundo, o al menos a los espíritus, agentes y acompañantes de éstas".

DE LOS ÁNGELES A LOS HOMBRES
Fue a principios del siglo VI de nuestra era cuando Dionisio el Areopagita, un monje sirio, inspirado en las creencias judías, cristianas y zoroástricas, y bajo la influencia de Plotino y Platón, compuso una jerarquía celestial, en la que emplazó nueve coros de ángeles. Esta jerarquía participó en la elaboración del pensamiento cristiano, y jugó un papel considerable durante la Edad Media. A lo largo de todo este período, y hasta el Renacimiento, los ángeles cobraron gran importancia ante los hombres, y llegaron a convertirse en sus protectores y servidores.

LA JERARQUÍA CELESTE
Según Dionisio el Areopagita, la jerarquía celeste consta de nueve coros de espíritus angélicos; integrado cada uno, a su vez, por nueve ángeles: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles. A partir de esta composición, los astrólogos y los cabalistas del Renacimiento repartieron los 72 ángeles de la jerarquía celeste entre los 360 grados del zodiaco. Cada ángel tenía su morada en el semidecanato -es decir, 5 grados del zodiaco- de un signo astrológico, continuando de este modo un principio que ya utilizaban y puesto en práctica por los astrólogos de los siglos XI y XII, muy influenciados a su vez por los astrólogos, astrónomos y matemáticos árabes.