jueves, 7 de septiembre de 2017

La alquimia. De la Tabla Esmeralda a la Obra negra


Intentar encontrar las raíces del nombre que se empleaba específicamente para designar la transmutación de metales, y que en el lenguaje corriente lo hemos adoptado para referirnos a cualquier tipo de transformación profunda, misteriosa y secreta, es perderse en un laberinto de hipótesis y especulaciones.
 En efecto, el foco original de este nombre, sin duda mucho más antiguo de lo que podamos pensar, tal vez procedente del griego khymos, que significa "jugo", que ha dado khymeia, "mezcla", o bien del griego khemia, que significaba "magia negra", derivado del copto shame, "negro", que designaba a los egipcios, los cuales pasaban por ser los maestros del arte de la alquimia, parece de hecho de origen árabe. Al kimia' sería, pues,  el término árabe para designar la alquimia, es decir, literalmente, el gran secreto, pero también el nombre árabe de la Piedra filosofal. Algunos especialistas en estas ramificaciones de la lengua, y sus formas múltiples, han visto efectivamente la raíz kama, que significa "guardar en secreto". Otros vieron también una raíz común con 'al-'iksir, el elixir.
Finalmente, para completar este análisis, debemos citar a los que, abreviando el camino, no sin fundamento, pretenden que el nombre original de alquimia, a través del griego, que a su vez es derivado del copto y del hebreo, y tal vez también del akkadio, simplemente vendría de Egipto. Es cierto que el shame copto, al que ya hemos hecho referencia, provenía del jeroglífico que designaba la tierra negra y cenagosa del valle del Nilo, que ha dado su nombre en egipcio, es decir, kem, de kemi, el negro. Inmediatamente, vemos el parecido entre 'al kimia, la Piedra filosofal según los árabes, y el kemi, según los egipcios.

LA OBRA NEGRA, DE LA EDAD MEDIA AL RENACIMIENTO

El "Negro", tal como se entiende en alquimia, es además el último estadio de la realización de la Gran Obra, que a su vez comprende tres obras: la Obra blanca, la Obra roja y la Obra negra.
Ahora bien, debemos comprender que la alquimia se consideraba tanto una ciencia, con todos sus experimentos y las aplicaciones que ello implica, como una filosofía. Sin embargo, actualmente, la búsqueda de los alquimistas nos parece tan utópica que tendemos a ocultar su aspecto científico, es decir, la tarea que llevaba a cabo el iniciado en su laboratorio, sometiéndose a reglas, métodos, leyes estrictas y rigurosas. Sin embargo, a partir del siglo XIII, en que asistimos a un verdadero reconocimiento de la alquimia en Europa, la cual goza del entusiasmo de muchos intelectuales de Occidente durante la Edad Media, hecho que ya no decaerá hasta la llegada de la ciencia moderna, el alquimista trabaja sobre todo, y con tenacidad, dentro de su laboratorio. Y es en esta búsqueda de la Gran Obra y pasando por todas las fases de la transmutación de metales, que posiblemente le permitirían encontrar la Piedra filosofal, es decir, haciendo dicho camino, pone su arte, su ciencia y sus investigaciones al servicio de la metalurgia, de la medicina, de la física y de la vida.
Así es cómo los orfebres, herreros, boticarios, incluso médicos, aunque no sean alquimistas, con frecuencia están relacionados con alquimistas, que, con el pretexto de experimentar con la transmutación de metales y con la posible perspectiva de conseguir algún día fabricar oro en el laboratorio, descubren mecanismos y procesos naturales, establecen fórmulas y procedimientos, algunos de los cuales, por ejemplo, aplicados al cuerpo humano, pueden tener efectos salvadores y saludables sobre la salud del hombre y de la mujer. En este sentido, está claro que el alquimista, encerrado en su laboratorio -a menudo situado en los monasterios- pero que, de 1270 a 1320 aproximadamente, por consiguiente, durante medio siglo, fue perseguido por la Iglesia y la Inquisición, como lo fueron indiscriminadamente los asesinos, los curanderos, los juglares o los médicos, es el ancestro del investigador o sabio que actualmente trabaja en su laboratorio.
No es de extrañar por tanto que en algunos lugares haya perdurado la célebre expresión "esto huele a azufre" para designar una situación que no nos parece conforme a las reglas y a las leyes, puesto que, poco a poco, los trabajos de los alquimistas perturban el orden establecido, que en aquel tiempo era sobre todo el de la Iglesia, como es bien sabido.
Además, también sabemos que, como siempre, aparecieron entre los alquimistas muchos charlatanes e impostores que, con la excusa de "hacerse de oro" -otra expresión que ha entrado en el lenguaje corriente-, fabricaban monedas falsas. Había que poner orden, lo que hizo el Papa Juan XXII por decreto, en 1317. Pero sobre todo durante el Renacimiento fue cuando la alquimia tuvo un auge extraordinario, al mismo tiempo que vemos un resurgimiento de la cábala y de los mitos de las civilizaciones antiguas, todo ello lo percibían los hombres del siglo XVI desde un punto de vista sintético y místico, que llevará, paradójicamente en apariencia y, en verdad, lógicamente, a una interpretación científica y mecánica del mundo y de la vida, que es la de hoy en día.

LA TABLA ESMERALDA

La Tabla Esmeralda, al igual que las Tablas de la Ley del judaísmo, transmite a los alquimistas una reglas que deben respetar.

Remontándonos aún más en el tiempo, encontramos un texto mítico, legendario, del que existe una versión bien real, sin que estemos muy seguros de los escritos que lo han inspirado, y que se considera la biblia de los alquimistas. Este texto se llama la Tabla Esmeralda. Su redacción se atribuye a un autor griego desconocido, que a su vez se habría inspirado en un texto egipcio, o tal vez babilónico, no se sabe, puesto que se han hecho diferentes interpretaciones al respecto.
En todo caso, nacieron muchas versiones de este texto corto, escritas en árabe y a menudo contradictorias en su contenido, entre los siglos XI y XIV; pero la más antigua sigue siendo un texto escrito en lengua siria, de unas veinte páginas, que data del año 934. La versión traducida a latín no se imprimiría hasta el siglo XVI, en pleno Renacimiento. Empieza así:
"Las palabras de los Secretos de Hermes, escritas en una Tabla Esmeralda que sostenía entre sus manos y descubiertas en una oscura cueva donde se encontró su cuerpo inhumado: Es verdad, sin mentiras, cierto y muy verdadero: Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para hacer los milagros de una sola cosa."


jueves, 31 de agosto de 2017

La alquimia. Los "señores del fuego"


Cuando hablamos de alquimia, inmediatamente nos viene a la mente aquel personaje sabio, inquietante, un tanto loco o iluminado, que trabaja en su laboratorio, llevando a cabo labores misteriosas, principalmente en una época medieval.
El alquimista es Fausto o Zenón, un ser maldito o marginal que ejerce un poder casi divino sobre la materia y que, por esta misma razón, comete una grave transgresión. ¿No es esta misma transgresión de carácter sagrado que se concede a la vida la que nos inquieta o nos subleva actualmente cuando observamos los trabajos o manipulaciones genéticas a las que se dedican algunos científicos y la que nos hace plantearnos si, al jugar con el elemento de la vida, no se está engendrando un proceso irreversible de consecuencias imprevisibles y desastrosas para la humanidad?
Ya subrayamos el vínculo histórico que existe entre el alquimista y la ciencia moderna, los trabajos de laboratorio del iniciado y los del investigador. Pero también debemos situar de nuevo la alquimia, cuya doctrina, reglas y leyes fueron enunciadas e instituidas sobre todo en la Edad Media, en su contexto histórico universal. Puesto que, una vez más, se trata de una ciencia del pasado, que nuestros antepasados ejercieron en todos los rincones del mundo. Se ejercía la alquimia, especialmente en Oriente Próximo, en Egipto y en la Grecia antigua, pero también en China.

LA ALQUIMIA EN LA ANTIGUEDAD

Para el hombre de la Antigüedad, la vida y todos los elementos de la naturaleza que la componen tienen un carácter sagrado innegable. Sin embargo, al catalogarlos, lo que parece que hicieron los sabios mesopotámicos por primera vez en la historia de la humanidad -al menos a juzgar por los descubrimientos arqueológicos de los siglos XIX y XX, aunque nada nos impide pensar que hubo un precedente, puesto que, después de todo, si nos referimos al mito de Oannes y los "brillantes apkallu", descubriremos que los sumerios, este pueblo misterioso salido del mar, cuyo origen se desconoce, ya disponían de cierto saber, que transmitieron a los hombres-, decíamos, pues, que los hombres de la Antigüedad adoptaron ya una actitud científica.
Ahora bien, a pesar de su sentido de lo sagrado, de su interpretación divina y mítica de la vida, ¿sus motivaciones no eran ya las de ejercer un poder sobre dichos elementos, elevarse a la altura de los dioses, que sin duda adoraban, veneraban y temían, pero que también deseaban imitar, ya que se trataba de sus "modelos"? Tal vez por eso, fue precisamente en Mesopotamia donde aparecieron los primeros alquimistas; aunque es en el antiguo Egipto donde encontraremos auténticos sistemas, doctrinas y técnicas muy elaboradas, que no dejan ninguna duda sobre la naturaleza de los trabajos a los que ya se dedicaban algunos sabios egipcios. Al mismo tiempo, según las leyendas que han llegado hasta nuestros días, en China la alquimia tuvo sus primeras prácticas, a mediados del III milenio antes de nuestra era. Sin embargo, en estas civilizaciones, todavía no se hablaba de alquimia tal como la entendemos hoy en día y tal como fue instituida sobre todo en la Edad Media. Por eso, se puede considerar que todas las técnicas establecidas y empleadas en la Antigüedad, en Oriente Próximo, en Egipto o en China, entre otros países, afectaban a todas las ciencias que más tarde se agruparán bajo el término genérico de "alquimia".
Los artesanos, los herreros, los médicos, incluso los cocineros, por ejemplo, al desarrollar las técnicas modernas, anticipadamente hacían las veces de alquimistas. En efecto, casi siempre, al combinar algunos elementos y materiales, creaban o producían nuevos productos y transformaban la naturaleza. Entonces, podemos considerar que al establecer reglas y límites a sus búsquedas, trabajos y aplicaciones prácticas, nuestros antepasados ya se preocupaban por la ética. Según ellos, había algunas leyes que no se podían transgredir. Con este espíritu surgieron los grandes principios a partir de los cuales nació la alquimia.
¿Puede ser de mayor actualidad esta preocupación? ¿El progreso de la genética no nos está empujando a definir nuevas reglas? ¿No estamos a punto de crear una nueva ética sin la cual el hombre contemporáneo tendería a crear monstruos?


EL ALQUIMISTA Y EL MITO DE PROMETEO

Prometeo, primo de Zeus, que en la mitología griega en realidad parece un dios secundario, pensándolo bien, es una divinidad fundamental. Em efecto, al igual que Khnum, el dios carnero egipcio -en el que se inspiraron los griegos para crear su dios cuyo nombre significa "previsión"-, se suponía que había dado forma a los primeros hombres con arcilla en un torno de alfarero. Según la leyenda mítica relacionada con él, Prometeo traiciona a Zeus dos veces para favorecer a los hombres, que él mismo había creado. La primera vez, les enseña a tomar la mejor parte de las víctimas sacrificadas, permitiéndoles así aprovechar la carne de buey; la segunda vez, al robar las chispas de fuego de la rueda del sol que Zeus había sustraído a los hombres, para devolvérselas a éstos, escondiéndolas en un bastón hueco. De tal manera, Prometeo es el dios de lo crudo (la materia) y de lo cocido (el fuego), que son evidentemente dos principios alquímicos.
El fuego representará un papel primordial y esencial en alquimia. Los alquimistas serán denominados los "señores del fuego".
"El alquimista, al igual que el herrero, y antes el alfarero, , es el "señor del fuego". Mediante el fuego efectúa la transición de la materia de un estado a otro. El alfarero, que fue el primero en lograr endurecer de manera considerable las "formas" que había moldeado con arcilla, gracias a las brasas, debía sentir la embriaguez del demiurgo: acababa de descubrir un agente de transmutación" (Mircea Eliade, Herreros y alquimistas.)




jueves, 24 de agosto de 2017

La alquimia. Los orígenes de la Gran Obra

La alquimia, arte sagrado, es ante todo una búsqueda espiritual, cuyo objetivo reside en encontrar la piedra filosofal.


El nacimiento y los orígenes de la alquimia estuvieron rodeados durante mucho tiempo de grandes misterios. De esta ciencia perfecta del pasado se suponía que iniciaba a sus seguidores en el poder de transformar el plomo en oro. Por eso, no se le podía enseñar a cualquiera. Para poder acceder a ella, había que ser elegido; puesto que aquél que consiguiera efectivamente convertir el plomo en oro sería el hombre más rico del mundo y también el más poderoso. Sin embargo, según las doctrinas alquímicas, este poder que ofrecían las riquezas temporales del mundo -obtenido gracias al poder ejercido sobre la materia, para transformarla a voluntad- sólo era un pretexto, un objetivo exterior, una especie de reto, como suele decirse hoy día, ya que el concepto de alquimia y la regla de oro de los alquimistas se basan en un principio común y esencial: que el espíritu pueda actuar sobre la materia, que ambos se penetren entre sí y, como consecuencia, efectúen una mutua transformación. Por consiguiente, para el alquimista, el hecho de actuar sobre la materia, y combinar sus elementos, ejercía una influencia sobre el estado de su espíritu, su mentalidad, sus pensamientos y su comportamiento. Asimismo, los cambios que se efectuaban en él podían ejercer una influencia sobre la materia, sobre el mundo físico, sobre la realidad tangible, incluso podían modificar el curso de su existencia.

LOS ORÍGENES SAGRADOS DE LA CIENCIA

Actualmente, concedemos ante todo un carácter utilitario a la ciencia. Nuestra sed de comprender y conocer los grandes principios y elementos de la vida y de la naturaleza carece del ingrediente de la admiración. Esta última ha sido sustituida por una voluntad de dominarlos y explotarlos, tanto para mejorar nuestra esperanza de supervivencia como para incrementar nuestro confort y, en adelante, para fines mercantiles.
Sin embargo, la alquimia, cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad, y tal vez aún van más allá en el tiempo y en la historia de la humanidad, fue sin duda el primer análisis científico del estudio y de la aprehensión del mundo físico y material, en el sentido en que lo entendemos en la actualidad. A partir del siglo XIII de nuestra era la alquimia tuvo una mayor preeminencia, la cual duró hasta principios del siglo XX. Así, la historia de la ciencia y la de la alquimia se mezclan y se confunden, y la ciencia moderna no sería lo que es si los alquimistas no hubieran emprendido y llevado a cabo sus trabajos. Pero los alquimistas se iniciaban unos a otros en un arte sutil, que implicaba un sentido profundo y religioso de lo sagrado. En otros términos, al igual que los chamanes, sabían que ampliando los límites de una aprehensión espontánea y empírica del mundo, manipulaban formas, fuerzas y energías, que casi siempre concebían como espíritus-formas o espíritus-grupos, de los cuales sólo podían controlar las reacciones tomando infinitas precauciones y respetando escrupulosamente algunas reglas. Estas reglas se basaban en la creencia en un gran principio divino que, según ellos, había presidido la creación del mundo y, por consiguiente, se hallaba en la unidad primera y última de este mundo.



EL SEGUIDOR DE LA GRAN OBRA

El alquimista fue, pues, el primer aprendiz de hechicero, tal como se los representa hoy en día, capaz de reproducir en su laboratorio lo que la naturaleza y la vida crean de forma espontánea ante nuestros ojos, pero también capaz de intervenir e interferir en los grandes principios naturales y transformar la materia y transmutar los metales.
El seguidor de la ciencia de la alquimia aspiraba a cumplir la Gran Obra realizando las operaciones que podían tener un carácter mágico, pero que ya recurrían a la química, la física, las matemáticas, la astronomía y otras ciencias modernas, que se han convertido en patrimonio de especialistas y estaban bajo secreto. Esta Gran Obra consistía en descubrir o crear una obra fabulosa, sobrenatural y divina: la Piedra filosofal o Piedra de los Sabios o Sabiduría, buscada desde la más alta Antigüedad, objetivo último del Arte sagrado. Esta Piedra es la clave de toda vida y del conocimiento absoluto, de la medicina universal, del elixir de la eterna juventud, de la fuente de la Luz divina, de la perfección de la verdadera sabiduría. Pero lo que cuesta comprender actualmente es que esta búsqueda fuese más espiritual que temporal, y que el adepto no obtuviese ni alcanzase ningún resultado (etimológicamente, adeptus significa "el que ha alcanzado") en su laboratorio, sin que éste tuviera una repercusión inmediata, simultánea y profunda en sí mismo; puesto que, para el seguidor, la finalidad de la Gran Obra era, al mismo tiempo, la metamorfosis del alma, la elevación hasta el espíritu divino, la iluminación, en vez del poder ejercido sobre la materia. Al reproducir en su laboratorio la Obra de Dios, el alquimista se eleva hacia Él. Un texto extraído de un largo tratado de alquimia, cuyo origen, seguramente muy lejano, es oscuro, enumera una larga serie de manipulaciones que el adepto debe realizar para reproducir en un laboratorio la creación del mundo, tal como se nos describe en el Génesis. Pero antes de terminar, el autor realiza las precisiones siguientes, sin las cuales la operación no puede cumplirse: "Arrodíllate antes de emprender esta operación. Deja que tus ojos sean los jueces; puesto que así es como se creó el mundo". Luego, concluye con los términos siguientes: "Así verás claramente los secretos de Dios que, hasta ahora, te han sido ocultados como a un niño. Comprenderás lo que Moisés escribió sobre la creación; verás qué cuerpos tuvieron Adán y Eva antes de la Caída, lo que fueron la serpiente, el árbol y qué especie de fruta comieron; qué es el Paraíso y dónde se halla, y en qué cuerpos los Justos resucitarán, no en el que hemos obtenido mediante el Santo Espíritu, es decir, en un cuerpo parecido al que nuestro salvador trajo del cielo". (Este texto es de la obra de Abtala Jurain, Hyle und Coahyl, traducida del etíope al latín, y luego del latín al alemán por Johannes Elis Müller, Hamburgo, 1732; aparece citado por Carl Gustav Jung en Psicología y alquimia.)


lunes, 24 de julio de 2017

La cábala: El mito del Paraíso perdido



Veamos cómo, al combinar las letras-Número del código de la cábala, se puede interpretar el mito del Paraíso perdido, y cómo los cabalistas nos invitan a recuperarlo.

Existe una gran diferencia entre los redactores de la Biblia y aquellos que nos transmitieron el código de la cábala tal como la conocemos en la actualidad: los primeros trabajaron en un contexto agrícola, preocupado por la preservación social y la institución política, los segundos se preocuparon por el alma y la evolución espiritual, la mística y la comunión con la naturaleza por la tradición en el sentido puro y verdadero del término.
Por eso, a partir de principios del XI milenio antes de nuestra era, aproximadamente, hubo 5 innovaciones que produjeron un cambio radical en el estilo de vida y en la mentalidad, tal vez incluso provocaron un cambio en la estructura mental del ser humano. Se trata del riego, la agricultura. el sedentarismo, la construcción de ciudades y la ciencia de los hombres, que empieza por la escritura. No nos equivoquemos, estas 5 innovaciones, relativamente recientes en la historia de la humanidad, son la base misma de nuestra civilización moderna. Sin embargo, al contrario de los prejuicios e ideas en boga al respecto, no hace falta afirmar que son el origen de un gran progreso, un fantástico salto hacia delante para los hombres y las mujeres del planeta.

ENTRE EL PARAÍSO PERDIDO Y LA EDAD DE ORO

Sin duda alguna, visto desde fuera, el ser humano contemporáneo puede tener buenas razones para congratularse por su inmensa capacidad de invención y de su poder de realización. ¿Pero qué precio debe pagar para llegar a este punto? Si aquí nos hemos referido al mito del Paraíso perdido, o al de la Edad de Oro, que el fue prometida a la humanidad es para subrayar la dificultad de pertenecer al género humano, cualesquiera que sean los progresos realizados o lo que consideramos como tales. Estos mitos recurrentes nos acosan y nos hacen soñar, pero jamás nos tomamos el tiempo, ni el trabajo, de reflexionar con detenimiento sobre el tema. Esto es lo que la cábala nos anima a emprender. También es lo que nos invitan a hacer todos los místicos y profetas que, en función de su experiencia singular, y cada uno según su cultura y, por supuesto, su época, han mantenido el mismo discurso, también repetido, y que se puede resumir en esas palabras anónimas escritas en el frontal de la puerta de una ciudad de la India: "El mundo es un puente. Pasa por encima pero no fijes en él tu morada".

¿QUIENES SON ADÁN Y EVA?

El Paraíso o la Edad de Oro no son un lugar físico ni un tiempo pasado o futuro. Es un estado que hemos perdido y que podemos recobrar.
Así, actualmente, podemos muy bien situar el mito bíblico de Adán y Eva en aquel momento, finalmente no tan lejano de nuestra historia, en que los grupos humanos pasaron del estadio de cazadores-recolectores, es decir, todo el período denominado mesolítico, al de agricultores. En efecto, este cambio provocó un trastorno en su comportamiento y sus relaciones con la naturaleza; puesto que ciertamente, en este momento, es decir, cuando empezaron a cultivar la tierra, los hombres hicieron una analogía entre la tierra y la mujer y se identificaron a sí mismos con el cielo, ejerciendo una superioridad sobre la tierra y sobre las mujeres.
Antes de esto, los mitos de la Creación, es decir, las cosmogonías del mundo entero, se refieren a una especie de Cielo-mujer y a una Tierra-hombre.
El antiguo Egipto mantendrá esta doble noción personificada en Nut, la diosa del Cielo, y Geb, el dios de la Tierra. De ahí que los cazadores-recolectores convertidos en agricultores abandonaran los bosques paradisíacos en que solamente tenían que cazar y recolectar para alimentarse, en donde todos los frutos de la Tierra estaban al alcance de la mano, para pasar a labrar, sembrar, cosechar, es decir, someterse a los duros trabajos de la tierra que los han esclavizado. Se expulsaron, pues, a sí mismos del Paraíso.



Más tarde, cuando Caín mató a Abel, siempre según la cábala, se nos cuenta la misma historia pero en otras palabras. En efecto, Abel era un pastor, mientras Caín era un agricultor.
Matando su hermano, que encarna a los cazadores-recolectores, hace que triunfe la agricultura, pero es condenado a vagabundear eternamente.
Y Caín será el primero en construir ciudades.
El agricultor Caín será, por supuesto, simbólicamente, el pionero de la civilización moderna; puesto que las ciudades sólo han podido prosperar gracias a la agricultura, y sigue siendo así en la actualidad. Pero al convertirse en agricultores y luego en ciudadanos, es decir, en sedentarios, los hombres y las mujeres, representados simbólicamente por Adán, el ser humano primigenio, portador de un germen en formación (evidentemente según la cábala), abandonaron este lugar, el Jardín del Edén de la Biblia, para establecerse en lugares y en estados que impiden cualquier progresión, que han interrumpido la evolución que se les había prometido. Perdieron todo contacto real, innato y puro con la naturaleza de la que surgieron, y fueron desposeídos de muchas facultades que hoy llamamos instintivas o psíquicas, que les permitían tener una aprehensión global, universal y, en todo caso, unificadora, de la vida.
Ahora bien, las letras-Número de la cábala forman un lenguaje totalmente singular, único en su género, constituido por símbolos unificadores capaces de reactivar nuestras facultades psíquicas perdidas o dormidas, como las notas musicales empleadas en un instrumento, símbolos a partir de los cuales el músico obtiene los sonidos, acordes y armonías que producen en nosotros sensaciones, sentimientos y estados de ánimo. Según el investigador Guy Casaril: "Lejos de ser un juego de letras, cifras y palabras, el Tseruf [así es cómo Abraham Abulafia, místico judío y cabalista del siglo XII, llama a la ciencia de la asociación y permutación de las letras-Número del código de la cábala] es, pues, la técnica progresiva que permite al discípulo liberar su alma en un éxtasis provocado, del cual podrá controlar su desarrollo. Abulafia menosprecia las formas irracionales, y de alguna manera inconsciente del éxtasis, y los niveles de locura peligrosos. Para él, la práctica del Tseruf es una especie de composición del sentido musical. Así como el compositor combina las notas de la escala según unas reglas fijas, y no de forma anárquica, el místico combina las letras-Número siguiendo una severa técnica".


martes, 11 de julio de 2017

Las plantas mágicas y míticas XII: El tomillo, la verbena y la vid

Con una taza de tomillo para purificar nuestro organismo o para recuperar vitalidad, o con una taza de té árabe para pasar una noche dulce y ligera, o también un vaso de vino de vida, la bebida de los dioses, desde ahora sabremos por qué cuando brindamos decimos salud.

EL TOMILLO


El origen etimológico griego de su nombre significaba «ofrenda que se quema, perfume, aroma». Así que los griegos quemaban hojas de tomillo secas, de cuyo humo se desprendía un perfume dulce, como ofrenda a sus dioses y como muestra de agradecimiento. También el tomillo que encontramos en estado salvaje en las colinas que rodean el Mediterráneo, y del cual existen muchas especies, exhala de forma natural un perfume muy agradable. Sin embargo, desde la más alta Antigüedad, el tomillo y el serpol, que es una variedad del tomillo, además de considerarse plantas sagradas, se utilizaban comúnmente para fines culinarios, terapéuticos y estéticos. Los antiguos ya conocían los principios estimulantes, tónicos y balsámicos ―contiene un bálsamo natural capaz de suavizar las mucosas respiratorias― y, sobre todo, antisépticos, del tomillo. De manera que sabían que las infusiones de tomillo eran milagrosas para curar los catarros, combatir la angustia y la ansiedad, eliminar las malas ideas, estimular las funciones digestivas, curar el asma, y también eran conscientes de que la decocción de las hojas de esta planta, o su esencia mezclada con agua en un baño, revivifica el organismo y alivia los males reumáticos o artríticos. Los ingleses tenían por costumbre mezclarlo con cerveza. Según ellos, esta bebida de gusto sabroso les daba fuerza y valor. Señalemos de paso que el timo (antiguamente relacionado con el tomillo), que es una glándula situada en la base del cuello, más aparente en un niño que en un adulto, tiene un papel esencial en el sistema inmunitario y simboliza, pues, la vitalidad de un ser.

LA VERBENA


Verbenae, su nombre original latino, designaba las coronas de ramilletes de olivo, de laurel, de verbena y de mirto que los sacerdotes romanos se ponían en la cabeza a la hora de hacer los sacrificios que ofrecían a los dioses. Sin embargo, no era esta especie de verbena la que nuestros antepasados consideraban una hierba sagrada ―y que también empleaban como cataplasma para curar sus heridas y flemones―, sino la variedad llamada verbena olorosa o cidronela, importada de Chile por los europeos en el siglo XVIII y que hoy en día encontramos en nuestros jardines.
Y si la llamamos cidronela es simplemente porque exhala un dulce perfume acidulado que recuerda el del limón, que es un cítrico.
Aunque, según los griegos y los romanos, la verbena tenía el poder de eliminar los malos espíritus, y los hechiceros de la Edad Media la utilizaron durante mucho tiempo para preparar ungüentos y brebajes mágicos; pero, la verdad, es que gozaba de muy pocas virtudes terapéuticas. En cambio, la verbena olorosa, o cidronela, se reveló muy rica en cualidades medicinales y fue, por consiguiente, rápidamente adoptada por los farmacéuticos del siglo XVIII. Actualmente se conocen sus principios digestivos, tónicos, antiespasmódicos, sedantes y antineurálgicos. La infusión de verbena pasó a llamarse «té árabe», puesto que en el norte de África era costumbre beberla después de las comidas, para ayudar a la digestión y pasar una noche tranquila.
En cuanto a la primera especie de verbena, es bueno destacar que para los griegos era un atributo de Afrodita y que tenía fama de esconder virtudes afrodisíacas, lo que se reveló totalmente cierto.
Así pues, las hojas maceradas en vino de la hierba sagrada de nuestros antepasados se utilizaban, como es de sospechar, para algo más que para estimular el aparato digestivo.

LA VID


No podemos hablar de la vid sin hacer alusión a la uva y al vino. Según la leyenda mítica griega, Dioniso, Baco para los romanos, era el dios de la vid, del vino, u no de la ebriedad, como a veces se ha entendido peyorativamente, sino del éxtasis. Este matiz tiene su importancia si comprendemos que «ebriedad» viene de la palabra latina ebrius, que significaba «que ha bebido demasiado vino», mientras que éxtasis, viene del griego ektasis, cuyo sentido era «trance, arrebato». Por ello, el Baco de los romanos se asoció con la embriaguez que proporciona el vino cuando bebemos demasiado, mientras que en Grecia, en un principio, aquellos que se consagraban a los rituales iniciáticos del culto a Dioniso bebían vino para encontrar la inspiración divina. Concedían al vino el mismo uso que los chamanes o aztecas al peyote. De manera que, durante toda la Antigüedad, no solamente en la época griega, el vino se consideró la bebida de los dioses y la vid un árbol sagrado.
En Sumeria, en el III milenio antes de nuestra era, el símbolo que representaba la vida, llamado Hierba de Vida, no era otro que la hoja de parra. Mucho más tarde, este mismo símbolo aparece en los Evangelios del Nuevo Testamento, cuando Jesús utiliza la imagen de la vid como parábola del Reino de Dios: «Id vosotros también a la viña, y os daré lo que es justo» (San Mateo, 26, 27 y Marcos, 14, 23). Para terminar, destaquemos que nuestros antepasados sabían que la infusión de hojas de la vid era un excelente regulador de la circulación sanguínea, que combate todos las trastornos de las venas y varicosos, y que la uva posee propiedades «desintoxicadoras» del organismo, que estimula las funciones hepáticas y que posee virtudes energéticas fuertes y reconocidas.