sábado, 1 de marzo de 2014

La oniromancia en Egipto


Tal vez es en el antiguo Egipto donde encontramos los precedentes del estudio de los sueños, empleado para fines terapéuticos.

Para los egipcios, soñar era un despertar y el sueño el camino que conduce al despertar de la conciencia. En efecto, el bilítero que designa el sueño en los jerogíficos deriva directamente del verbo que significa "velar" y "despertarse". Dicho de otra forma, según los egipcios de la Antigüedad, el soñador es el que vela y se despierta, un vigía, un buscador, un aventurero del alma y de la conciencia. Para ellos, no hay ninguna duda del carácter mágico y premonitorio del sueño, puesto que en su sueño, el durmiente entra en una realidad distinta, dentro de la cual se le puede revelar el futuro.
Esta visión que se le ofrece de su futuro es considerada un don de los dioses. En efecto, viendo su futuro en sueños, y recordándolo con claridad una vez fuera de su sueño, el soñador es capaz de prevenir los acontecimientos malos, las dificultades y los obstáculos que le esperan, que no duda que sean ineluctables, y conjurar de este modo las consecuencias nefastas o desastrosas. La fuerza mágica del sueño, don cedido por los dioses a los hombres, permite, pues, prever las circunstancias futuras de la vida y anticipar los acontecimientos venideros. Se  trata de una actitud totalmente inteligente y terapéutica, puesto que consiste en prevenir el mal antes que en curarlo.

NEITH Y BES, LOS GUARDIANES DEL SUEÑO
Pero el sueño es un lugar peligroso. Es el reino de la sombra, de los muertos, de los malos espíritus, de los espectros con malas intenciones. Según los egipcios, pues, para acceder al reino del sueño premonitorio, don de los dioses otorgado a los hombres, hay que tomar algunas precauciones. Por tanto, dos divinidades protectoras acompañan al soñador.
La primera es Neith, llamada "la que es" o "la Terrible", diosa guerrera cuyos atributos eran el arco y las flechas. Posteriormente, sería asociada a Atenea, en Grecia, y, al igual que ésta, se suponía que debía enseñar el arte de tejer a los hombres. Se trataba también, por tanto, de una divinidad del destino.
A veces se la esculpía en la madera de la cabecera de la cama del durmiente, representándola con su arco tensado, listo para lanzar una flecha sobre el demonio de la noche.
La segunda es Bes, que más que una divinidad era un espíritu común, con aspecto de enano barbudo haciendo muecas con el rostro. En su caso, figuraba entre los objetos de aseo, situados cerca de la cama del durmiente mientras dormía, pero a veces también se esculpía en los pies de la cama. Su atributo era un tamborcillo, que tocaba para ahuyentar los demonios de la noche.
Protegido por esta divinidad y este buen espíritu, el durmiente, aunque no se aseguraba un sueño tranquilo, al menos se consolaba antes de dormirse. Por si esto no bastaba, todavía podía recitar una oración a su despertar para eliminar los trastornos de su sueño, alejarle de los pensamientos nefastos, consecuencia de las pesadillas, o sacar provecho de los mensajes transmitidos por su sueño: "Ven a mí, ven a mí, Isis, madre mía. Sabes, he tenido visiones lejos de ti en tu ciudad.
-Heme aquí, Horus hijo mío: confiesa lo que has visto para que desaparezcan estas amenazas que pueblan tus sueños y que el fuego ataque a los que te asusten. Sabes, he venido para verte y eliminar tus males y extirpar todo lo que es pernicioso."
Como último recurso, el durmiente invoca a Isis la Hechicera, la gran protectora de Egipto y de los egipcios.

LA CASA DE VIDA
El sueño en Egipto era el viaje nocturno del alma al reino de los dioses. De esta estancia regular, el hombre podía aprender algo provechoso para su vida actual y futura. Se sabe cómo tenía que actuar para protegerse de las fuerzas del mal que pueblan sus pesadillas, ¿pero cómo podía interpretar sus sueños? Debía consultar a un intérprete de sueños o a un especialista en oniromancia, es decir, a un sacerdote-escriba que oficie en la Casa de Vida.
Se trataba de un lugar situado en las proximidades de las ciudades de Egipto, comparable a una especie de monasterio o instituto religioso, así como a un sanatorio o una casa de reposo, donde los sacerdotes copiaban y conservaban los manuscritos rituales y sagrados del antiguo Egipto, estudiaban y practicaban todo tipo de ciencias que estaban reservadas exclusivamente a los iniciados: astronomía y astrología, medicina, hemerología, adivinación y, por supuesto, teología. De manera que la Casa de la Vida de Dendera era célebre por las curaciones casi milagrosas que hacían los sacerdotes-escribas, médicos y hechiceros, así como por sus trabajos astrológicos de gran precisión. La Casa de Vida de Canope, la actual ciudad de Abukir, una localidad del actual Egipto situada al noreste de Alejandría, hacía las veces de centro de curación, donde los egipcios enfermos, depresivos o cansados iban a descansar, regenerarse o curarse, según el caso. Finalmente, la Casa de la Vida de Menfis tenía fama por sus curas de sueño y las revelaciones que los sacerdotes-escribas eran capaces de ofrecer a los soñadores, interpretando sus sueños.
Era, pues, un sacerdote-escriba, convertido en maestro de la interpretación de sueños, quien desvelaba al soñador el sentido de los mensajes contenidos en sus sueños, tanto utilizando su saber hacer, experiencia y su imaginación, como apoyándose en los formularios de sueños que, al igual que en Babilonia, existían en Egipto.
Sin embargo, parece que los egipcios llegaron aún más lejos en la ciencia adivinatoria de la oniromancia. Puesto que en la Casa de Vida de Menfis, por ejemplo, se utilizaba una técnica de sueños provocados: se ponía al soñador en unas condiciones determinadas, se le hacía ayunar, se le invitaba a cortar con el mundo exterior aislándole en una especie de celda de paredes blancas, en la que podía escribir o dibujar sus sueños, que luego el especialista interpretaba.
Es probable que este tipo de investigación y estudio de los sueños utilizado en Egipto fuese una forma de psicoanálisis anticipada, que se practicaba hace al menos más de 3.000 años.


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