sábado, 1 de agosto de 2015

El chamán


El chamán, sacerdote, brujo, mago, adivino, médico, curandero, poeta, músico, cantante, es un ser aparte, tal vez más cercano a nosotros de lo que creemos.

¿Qué es un chamán? En un principio es el nombre que se da a un personaje enigmático y paradójico, diríamos que "desplazado", actualmente.
Se le podía encontrar sobre todo en las regiones del centro y del norte de Asia, donde se le llamaba ojun en yakuto, el idioma de los pueblos de Siberia oriental, a la cual pertenecen los manchúes de China y los udegueis de Rusia.

EL CHAMÁN, SACERDOTE Y BRUJO
La función de este personaje era la de representar un papel social y religioso, que se situaba entre el de un brujo y el de un sacerdote, al menos tal como nos lo imaginamos en nuestras civilizaciones contemporáneas, el brujo pareciéndonos un ser con poderes inquietantes, que trabaja en la sombra, manipula las llamadas fuerzas ocultas, y el sacerdote siendo, por supuesto, el ser dedicado a Dios, su ministro y su servidor, un hombre de bien, que actúa a la luz del día.
Sin embargo, el chamán era a la vez sacerdote, en cuanto estaba al servicio de los hombres y de las mujeres de su clan, que pertenecía a los dioses con los cuales conversaba, y a los que se consagraba para interceder en favor de los hombres, y también brujo, puesto que conocía los misterios de los poderes y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sabía utilizar y aprovechar oportunamente. Pero el chamán, además de ser sacerdote y brujo, también era médico, curandero, mago, adivino, poeta, músico y cantante.
Guardián de las tradiciones y las creencias que transmitía y salvaguardaba, se identificaba con todas las formas de vida existentes en la naturaleza, desde la piedra hasta el pájaro.
Al haber sido piedra, pez, pájaro, ciervo, árbol, incluso espíritu o demonio, era capaz de alimentarse de todas las cosas existentes aquí abajo y en el Más Allá; dominaba las fuerzas, las substancias y los lenguajes secretos, que le conferían, por supuesto, poderes sobrenaturales y sobrehumanos.

UN DON DIVINO
Sin embargo, precisemos que, según los pueblos de Siberia oriental, el chamán no tenía ninguna otra elección que la de encarnar este papel, puesto que era su destino, su vocación y su cruz. El hombre o la mujer destinados a convertirse en chamanes llevaban la marca indeleble desde su más tierna infancia. ¿Cómo se reconocía? Por señales distintivas evidentes y, por supuesto, de orden sobrenatural. Puesto que se trataba de una marca divina.
En el mundo de la razón, es decir, el mundo que hemos creado pieza a pieza dándole unos límites precisos, bien definidos, que no deben sobrepasarse, el chamán queda como un loco, un insensato. Para nosotros, actualmente, se trata de un ser víctima de crisis de histeria, epilepsia o de exhibición, que no tienen nada que ver con manifestaciones de lo divino y que sólo alcanzan a ser un pretexto de ello.


Es cierto que al resultar relegadas las tradiciones y las creencias ancestrales, al menos la mayoría, al triste rango del folclore, es difícil encontrar un auténtico chamán hoy en día. Aún más cuando el universo de los medios de comunicación, del cual nos nutrimos demasiado, cada día más sin discernimiento, se presta más que cualquier otro al reino de los impostores y los usurpadores.
Ahora bien, el don divino de un chamán, que hacía de él un ser distinto, la facultad rara, excepcional que le marcaba desde su más tierna infancia y le destinaba, pues, a servir, ayudar, aliviar -y esto, incluso cuando suscitaba el miedo y el temor a los hombres y a las mujeres de su pueblo, puesto que se mostraba a ellos tal como eran ellos mismos, jugando a los hombres-espejo, una especie de reflectores de conciencias de su tiempo-, era esa capacidad tan singular el éxtasis, del trance místico, que parece ser la causa de una expulsión de uno mismo, un rapto del alma.
Muchos santos y santas de Europa tuvieron esta experiencia, como testifican los múltiples relatos de sus vidas y sus prodigios durante la Edad Media. Al igual que el chamán, casi siempre estaban dotados del poder de aliviar y curar y de realizar milagros.
Tenían visiones, entraban en trances extáticos, hablaban en un lenguaje poético de gran belleza, que tenía a la vez algo de incomprensible y de hipnótico, de hechicero y de misterioso, pero quienes lo entendían comprendían a medias, pareciéndoles entonces conocerlo desde siempre.
Es cierto, aparte de algunas excepciones, que se trataba más a menudo de mujeres que de hombres, como si la causa mística y el trance extático fueran estados más propicios a la naturaleza femenina que al temperamento masculino, al menos en Europa.
Tal vez, esto se explica porque, si lo observamos bien, una cultura llamada judeo-cristiana, de carácter imperialista, causó estragos en Europa durante muchos siglos, cultura que no tenía nada que ver con las raíces en las que se había inspirado. De tal modo, en Asia, el chamán era más a menudo un hombre y, en las civilizaciones antiguas, los sacerdotes-brujos y los sacerdotes-astrólogos eran hombres.
También se sabe que algunos brujos de los pueblos indios de Norteamérica eran todos hombres.¡Pero qué más da el sexo del chamán! Hombre o mujer-medicina, por su naturaleza, vocación y destino posee un poder de vida y de muerte, puesto que puede curar, acabar con el mal, invocar a los dioses y hablar su lenguaje, predecir el futuro, adivinar los pensamientos, las intenciones, los secretos del alma, ver y prever, salir de su cuerpo, entrar en otras formas de vida, penetrar en otros mundos y otras realidades.
Y nada dice que los dones y los poderes del chamán no sean dones y poderes innatos en cada uno de nosotros, que hemos ido perdiendo poco a poco a lo largo de milenios, al escoger otra vía entre las innumerables y variadas que ofrece la evolución y que la vida pone a nuestra disposición.


viernes, 17 de julio de 2015

La radiestesia o la ramita del zahorí y el péndulo


La ramita es el instrumento del zahorí y el péndulo es el de la radiestesia. Pero si bien siempre podemos fiarnos de la ramita del zahorí, no sucede lo mismo con quienes utilizan el péndulo.

No podemos aludir a esta ciencia esotérica sin dejar de recalcar hasta qué punto la frontera que separa lo racional de lo irracional, tal como lo concebimos hoy en día, es, a veces, muy delicada. Así, si la curiosidad fue una de las motivaciones principales que empujaron al hombre a estudiar científicamente el mundo a indagar en la realidad hasta sus raíces más profundas, incluso a veces las más insospechadas, tal vez las preocupaciones utilitarias y las aplicaciones prácticas de las investigaciones y descubrimientos científicos resultaron muy determinantes. Cuando observamos la historia, a veces se tiene la sensación de que, en general, el hombre hizo por casualidad un descubrimiento, llamado más tarde científico, con una finalidad puramente utilitaria, que demuestra ingenio y una especie de espíritu de iniciativa, que estableció un sistema que, casi siempre, reproduce lo que ya existe en la naturaleza, y que, una vez establecido, realizado y relativamente fiable, lo estudia científicamente para mejorar sus resultados. Y ahí es cuando comprende verdaderamente cómo funciona, toma medidas, hace cálculos, verificaciones, experiencias, en resumen, se convierte en este hombre de laboratorio que actualmente denominamos científico. En la frontera entre estos dos comportamientos, es decir, por un lado, el descubrimiento espontáneo, sin cálculos de precisión, con fines puramente utilitarios  y, por otro lado, el estudio científico, la observación sistemática de dicho descubrimiento, apareció la radiestesia, de la cual no podemos negar que se basa en unos principios y unos fenómenos conocidos, pero cuestan verificarlos científicamente, porque además de factores tangibles y que se pueden medir, también consta de parámetros que no lo son tanto.

¿QUÉ ES LA RADIESTESIA?
"Radiestesia" es un término bastante reciente, puesto que fue creado a finales del siglo XIX por un abad llamado Bouly para designar una ciencia que se basaba en un sistema y un método que permitía percibir y actuar sobre las radiaciones emitidas por el cuerpo humano en particular, y todos los cuerpos en general.
Procede del latín radius, "rayo", y del griego esthetikos, "que tiene la capacidad de sentir", y del que ha derivado "estética". Dicho de otra forma, literalmente, la radiestesia es la capacidad de sentir los rayos, sentido que, como vemos, se desvía considerablemente del punto de vista científico. En efecto, no decimos de un microscopio, por ejemplo, que tiene la capacidad de ver microbios. Así que la radiestesia, evidentemente, permanece ausente en todas las obras o diccionarios científicos, aunque encontremos largos capítulos dedicados a las radiaciones y los rayos. No es, pues, una ciencia en el sentido en que se entiende hoy en día.

LA RAMITA DEL ZAHORÍ
¿Cuándo, cómo y por qué razón práctica el hombre experimentó la necesidad de "sentir los rayos"? No podemos más que hacer suposiciones al respecto. Pero todo hace pensar que fue, ante todo, para encontrar agua, una fuente en un lugar donde, a priori, parecía haberla. Así, se han descubierto unas pinturas rupestres que datan del neolítico, en las cuevas situadas en el norte del Sahara, sobre las cuales  está representado un hombre con una ramita de zahorí en la mano. Pero también encontramos la famosa ramita de zahorí en el antiguo Egipto, en China y, sobre todo, en la civilización inca. La ramita de avellano, muy utiluzada, volvio a conocer un período de interés en la época de los grandes descubrimientos, puesto que algunos pretendían poder encontrar tesoros o minerales de oro y de metales preciosos gracias a este instrumento. Sin embargo, por razones fáciles de imaginar, quienes se dedicaban a detectar fuentes o acumulaciones de agua mediante la ramita de zahorí eran perseguidos con frecuencia por la Inquisición y puestos en la picota con los brujos y las brujas. Entonces, para la Iglesia, los brujos y brujas obedecían también al demonio.
A principios del siglo XVII, un inspector general de las minas del reino de Luis XIII había encontrado más de 150 vetas gracias a una ramita de avellano. Durante ese siglo, pero esta vez hacia finales del mismo, otro adepto a la ramita de avellano se hizo ilustre. Se trataba de un tal Jacques Aymar, de quien se oyó hablar porque podía reconocer los autores de algunos crímenes únicamente gracias a su varilla.
Ciertamente, todo esto provocaría más de una sonrisa hoy en día. Preferimos fiarnos de las huellas, llamadas genéticas. Hasta el día en que, tal vez, nos demos cuenta de que existen otras huellas todavía más indelebles: las que dejan nuestros actos en nuestras almas. Pero todavía no hemos llegado al punto de admitir que el alma se detecta por ciertas radiaciones que le son propias y que emanan de todos nosotros.

EL PÉNDULO


A partir de finales del siglo XIX, como ya hemos visto, apareció el término "radiestesia", al mismo tiempo que se extendía el uso del péndulo entre los que practicaban esta ciencia diferente. El primero en utilizar con asiduidad el péndulo fue el famoso abad Bouly, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y al que ya hemos hecho alusión. Lo usó especialmente para detectar muchos emplazamientos arqueológicos de la Edad Media y de la época galo-romana y de finales de la primera guerra mundial, cuando había sido enviado por el gobierno francés para rastrear las minas y los obuses. Como vemos, ni la Iglesia -que se había opuesto ferozmente a tales prácticas durante el período de la Inquisición- ni las instituciones -que en esta época eran menos reticentes en lo tocante a este tipo de prácticas, con tal que obtuvieran buenos resultados- despreciaron los servicios del abad Bouly. Sin embargo, aunque el movimiento del péndulo se basa en una ley fundamental enunciada en su tiempo por Galileo, y de la que nadie niega su exactitud, el uso que hacen los radiestesistas, especialmente como ayuda o soporte al diagnóstico médico, tal vez deba ponerse en duda. No diremos que no tiene fundamento; pero, dado que no se apoya sobre ninguna regla ni deontología, basta con que algunos tengan este instrumento entre sus manos para creerse provistos de un don sobrenatural que les permite curar o detectar fuentes, tesoros o la hucha de una abuela difunta. Así pues, si bien la ramita de zahorí ha dado prueba de sus aptitudes desde hace al menos 6.000 años, las del péndulo siguen sin demostrarse.


domingo, 12 de julio de 2015

¿De dónde vienen los ángeles?


Todos hemos oído hablar de los espíritus de la naturaleza, de genios buenos y de ángeles de la guarda. Pero, para conocer la verdadera historia de éstos, debemos empezar por descubrir sus orígenes.

La etimología de una palabra contiene a menudo las claves de su origen, de su significado. Éste es el caso de "ángel", forma derivada del latín angelus, y tomada del griego angelos, donde significaba "nuncio", "mensajero", la cual pronto empezó a usarse en el sentido de "mensajero de Dios". Ahora bien, angelos se empleó también para traducir un nombre hebreo muy antiguo: Mal'ak o Malakh (el mensajero), cuyo origen se remonta cuando menos al principio del primer milenio antes de nuestra era.

EL MENSAJERO DE DIOS
Hacia el siglo V a.C. aparece en el Antiguo Testamento el profeta Malakhi o Malaquías (cuyo nombre podríamos traducir por: "Mi mensajero", es decir, el de Dios). Este enviado divino anunció la vuelta de otro profeta, Elías. Su nombre significa "Yahvé es mi Dios".
De tal modo, y a partir de su etimología, se entiende que un ángel es un mensajero, un enviado de Dios, un cartero celestial, un intermediario entre el cielo y la Tierra, al que podemos fácilmente relacionar con los mitos y los símbolos del dios clásico Hermes-Mercurio, el intermediario entre los dioses y los hombres según las mitologías griega y romana. Éste es representado con dos alas en los tobillos, símbolos de inteligencia, espíritu y genio, pero también de clarividencia.
No obstante, todo esto no explica de qué modo se llegó a creer en los ángeles y en sus poderes, a invocar sus nombres, su protección.
En efecto, aunque percibimos claramente en los relatos bíblicos (del Antiguo al Nuevo Testamento) las funciones de profeta y de mensajero o de enviado de Dios que desempeña el ángel, no vemos tan claro cómo puede este influir en el destino de alguien en particular y convertirse en su ángel guardián. Para entenderlo hemos de remontarnos hasta la Persia del siglo VI a.C., lugar y época en que Zaratustra profetizaba.

DE LOS DIOSES A LOS ÁNGELES
En aquel tiempo, Zaratustra fundó la religión zoroástrica, cuya originalidad reside en que se basa en una síntesis de tres culturas religiosas: la de la India, la de Grecia y la de Oriente Medio. Así pues, según Zaratustra, el destino era el gran principio universal al cual toda manifestación de vida, en la Tierra y en el cielo, estaba sometida. Tal destino emanaba de una sabiduría primordial, de una voluntad inmanente que, en función de las circunstancias, se revelaba creadora o destructiva. Por otra parte, exceptuando a los hebreos, monoteístas, todos los pueblos contemporáneos de Zaratustra tuvieron su panteón de divinidades múltiples y variadas. Cada una de éstas era responsable o ejercía un poder, una influencia, sobre una u otra manifestación de la vida, sobre uno u otro principio de la naturaleza.
Partiendo de tales hechos, Zaratustra tuvo la genial idea, o la visión, de integrar esas divinidades en su religión, atribuyéndoles funciones de guardianes, protectores, responsables de los grandes esfuerzos de la naturaleza, de las manifestaciones y misterios de la vida en la Tierra, del destino de los pueblos y de cada individuo. En la religión zoroástrica, cada divinidad era la guardiana del destino de los principios naturales, de las plantas, de los animales y de los hombres. Cada cual podía tener su divinidad protectora, su buen genio, su servidor -que los discípulos de Zaratustra llaman Yazata, el Adorable-, el cual regía su destino. De las divinidades a los ángeles la distancia es muy corta: a partir de entonces, el ángel fue a la vez Malakh y Yazata, el mensajero y el adorable, el protector, el enviado de Dios entre los hombres.

ÁNGELES Y DIVINIDADES
Durante el siglo XVI, el interés por el culto a los ángeles experimentó un resurgimiento entre sabios y filósofos, lo mismo ocurrió con la cábala y las ciencias esotéricas. El alemán Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, doctor en teología, abogado, médico y astrólogo, escribió en su obra De la filosofía oculta, publicada simultáneamente en Amberes y en París en 1531, lo siguiente:
"Nadie ignora que con buenas obras, un espíritu sano, oraciones místicas, piadosas mortificaciones y otras cosas parecidas, podemos atraer a los ángeles de los cielos. Por lo tanto, no hay duda alguna, de que del mismo modo, y mediante ciertas cosas del mundo material, podamos atraer también a las divinidades del mundo, o al menos a los espíritus, agentes y acompañantes de éstas".

DE LOS ÁNGELES A LOS HOMBRES
Fue a principios del siglo VI de nuestra era cuando Dionisio el Areopagita, un monje sirio, inspirado en las creencias judías, cristianas y zoroástricas, y bajo la influencia de Plotino y Platón, compuso una jerarquía celestial, en la que emplazó nueve coros de ángeles. Esta jerarquía participó en la elaboración del pensamiento cristiano, y jugó un papel considerable durante la Edad Media. A lo largo de todo este período, y hasta el Renacimiento, los ángeles cobraron gran importancia ante los hombres, y llegaron a convertirse en sus protectores y servidores.

LA JERARQUÍA CELESTE
Según Dionisio el Areopagita, la jerarquía celeste consta de nueve coros de espíritus angélicos; integrado cada uno, a su vez, por nueve ángeles: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles. A partir de esta composición, los astrólogos y los cabalistas del Renacimiento repartieron los 72 ángeles de la jerarquía celeste entre los 360 grados del zodiaco. Cada ángel tenía su morada en el semidecanato -es decir, 5 grados del zodiaco- de un signo astrológico, continuando de este modo un principio que ya utilizaban y puesto en práctica por los astrólogos de los siglos XI y XII, muy influenciados a su vez por los astrólogos, astrónomos y matemáticos árabes.



jueves, 2 de julio de 2015

La Magia: Filtros de amor y afrodisíacos (II)


Encantamiento, Hechizo y Filtro de amor
Todo lo que podía favorecer el encantamiento, la embriaguez, la magia del amor, fue muy apreciado  por nuestros antepasados. Chamanes, brujos, magos, conocedores de los elementos y de las plantas, descubrieron nuevas virtudes en hojas, tallos y raíces al aplicarlas como remedios para aliviar o curar el cuerpo y el alma. El ritmo de las palabras, el sonido de la voz, el baile y el canto también podían producir un encantamiento, un hechizo. En Francia, el "encanto" tiene su equivalente en el término charme, cuyo origen remite al latín carduus, cardo, planta de raíz famosa por sus virtudes afrodisíacas: estimula la virilidad de los hombres. Las mujeres utilizaban su espiga para "cardar" la lana, para peinarla y desenredarla rítmicamente, al tiempo que secaban la flor de la planta, que llevaban como amuleto, a fin de atraer los favores de los hombres. También se podría relacionar esta palabra con las raíces de los términos "cardíaco" y "corazón". Y las raíces de "corazón" aún están presentes en voces como "cordial" (nombre que reciben ciertos brebajes reconfortantes), "discordia" y "coraje".
Los hechizos o los filtros de amor sólo podían ser preparados por los iniciados en los misterios de la naturaleza. El período escogido para recoger la planta, la raíz, la flor o la hoja, y el momento privilegiado para preparar la cocción tenían una gran importancia. El viernes, día de Venus, era el día preferido para hacer tales componendas. Era así mismo recomendable esperar a que la Luna estuviera en los signos de Tauro y Escorpio, sobre todo en sus primeros y últimos decanatos, pero también en su décima Casa, situadaentre el vigésimo quinto grado de Cáncer y el octavogrado de Leo, que favorece las conquistas amorosas. También se tomaban en consideración las conjunciones de Mercurio y de Venus, que se producen una vez al año, durante quince días aproximadamente, y las de Venus y Marte, que tienen lugar cada dos años, y cuya duración es variable según sus ciclos zodiacales.

Pequeño diccionario de los afrodisíacos

ANGÉLICA: La raíz, el tallo y la semilla estimulan los ardores amorosos y combaten la frialdad en las mujeres.
APIO: Su hoja tiene fuertes virtudes afrodisíacas, fue un símbolo de potencia viril en Grecia y en Roma. Claudio Galeno, gran médico romano del siglo II de nuestra era, recomendaba su empleo:"Si la mujer supiera lo que el apio hace al hombre, iría a buscarlo incluso a Roma".
CANELA: En Roma, los templos de Venus estaban cubiertos con hojas de canela. Los hebreos utilizaban la canela como ungüento o aceite de masaje. En Oriente, su perfume era muy apreciado. Se le atribuía un poder narcótico y afrodisíaco. En China, la canela era el perfume y el alimento de los dioses. En fitoterapia, se la considera como un fortificante natural. Alejandro Dumas ofrece su receta de agua de canela: "Para obtener un litro de agua de frutas, mezclad 15 gramos de canela triturada, 8 gramos de palo de regaliz, el zumo de medio limón y 12 centilitros de agua. Dejad macerar durante una semana. Filtrar. Añadir un jarabe preparado con 250 gramos de azúcar de caña y medio litro de agua, y dejad reposar el agua de canela en la oscuridad durante tres meses". Finalmente, ¿quién no ha escuchado a maría Dolores Pradera cantando La flor de la canela?
CLAVO: Importado de las Indias, sus propiedades tónicas y afrodisíacas fueron elogiadas por los médicos del Renacimiento: "Si se beben con leche cuatro onzas de esta planta -recomendaba uno de los médicos-, se fortalece la potencia del hombre para hacerle morar con mujer".
GINSENG: La hierba divina o de la inmortalidad de los chinos, cuyas raíces favorecen el tono cardíaco, la longevidad y la potencia sexual. Es, sin duda, el afrodisíaco más eficaz.
HINOJO: Según Plinio el Viejo(sigloI de nuestra era) "las hojas de hinojo poseen grandes virtudes afrodisíacas. El hinojo, tomado de una manera u otra, activa la secreción del esperma y es excelente para todas las afecciones de los órganos sexuales; se puede usar la raíz cocida en vino o en cataplasmas, o bien emplear la planta picada en aceite".
JENGIBRE: En Egipto, en Grecia, en la India y en China, se empleaba en los rituales de amor. Sus raíces contienen virtudes afrodisíacas potentes. Nostradamus aconsejaba la mermelada de jengibre "para que los hombres puedan cumplir el deber de la naturaleza".


martes, 30 de junio de 2015

La Magia: Filtros de amor y afrodisíacos


Hechizos, encantamientos, estimulantes del deseo y las pasiones, los filtros de amor y los afrodisíacos eran muy apreciados por nuestros antepasados, que creían en sus virtudes.

La Tierra es un jardín. En ese jardín hay un árbol mágico que, desde las  raíces hasta las nervaduras de sus hojas, ofrece frutos sutiles y raros, y cuya ingestión produce efectos secundarios que pueden despertar o excitar los sentidos del hombre y de la mujer.
Al principio, todo el mundo podía probar y saborear las frutas de este árbol sin temor al pecado, a la falta, al arrepentimiento, de donde procede el sentimiento de culpa tan propio de la cultura judeocristiana. Pero este sentimiento, que era un principio religioso o una reflexión metafísica, se transformó en un complejo perverso. El hombre está hecho de tal modo que, si no sacraliza o ritualiza sus actos, tales actos y su vida misma carecen de sentido alguno ante sus propios ojos.

EL AMOR CARNAL Y EL AMOR ESPIRITUAL
Por razones más políticas, sociales y económicas que espirituales, se explotó durante largo tiempo la noción del pecado, con el fin de regular las relaciones carnales entre hombres y mujeres. Pero lamás bella, la más noble, la más eficaz, de todas las normas imaginadas para retener a hombres y mujeres en un cuadro social de límites bien definidos fue sin lugar a dudas la del amor. Pues el amor es una vía del espíritu que sublima y trasciende los movimientos irreprimibles e irresistibles del cuerpo: los impulsos, los deseos ciegos que pueden dar la impresión de que alguien está sometido a una fuerza súbita, mágica, que no controla. Si esta fuerza proviene de la Tierra es obviamente peligrosa, puesto que la Tierra recupera todo lo que da. Pero si proviene  del espíritu o del corazón, entonces es un encantamiento, una gracia de los dioses. Pues si el deseo es más fuerteque uno mismo, el amor puede serlo aún más. El principio masculino -simbolizado por los mitos de Urano, el Cielo y Ares-Marte, el dios de la guerra- se opone al principio femenino -simbolizado por Gea, la Tierra, y Afrodita-Venus, la diosa del amor.
Pero en lo absoluto, cuando estos dos principios se juntan, cuando se fusionan, cuando se funden en uno, no son Cielo-Tierra  (Urano-Gea) ni Marte-Venus (Ares-Afrodita), sino "hermafroditas" (Hermes-Afrodita), es decir , Hermes-Mercurio (el espíritu, la inteligencia) junto con Afrodita-Venus (la emoción, el sentimiento). He aquí la razón por la cual el atraerse de un cuerpo por otro se transforma en la atracción del espíritu por el sentimiento o la emoción. De este modo, amor, emoción y movimiento tienen una etimología y un sentido original comunes. El amor es la atracción que los elementos del cielo y de la Tierra ejercen los unos sobre los otros, que rige el universo. El amor es un encantamiento, un misterio digno de los dioses, y todo lo que puede conducirnos a él es, a la fuerza, benéfico, y merece ser vivido más que nada.