sábado, 1 de agosto de 2015

El chamán


El chamán, sacerdote, brujo, mago, adivino, médico, curandero, poeta, músico, cantante, es un ser aparte, tal vez más cercano a nosotros de lo que creemos.

¿Qué es un chamán? En un principio es el nombre que se da a un personaje enigmático y paradójico, diríamos que "desplazado", actualmente.
Se le podía encontrar sobre todo en las regiones del centro y del norte de Asia, donde se le llamaba ojun en yakuto, el idioma de los pueblos de Siberia oriental, a la cual pertenecen los manchúes de China y los udegueis de Rusia.

EL CHAMÁN, SACERDOTE Y BRUJO
La función de este personaje era la de representar un papel social y religioso, que se situaba entre el de un brujo y el de un sacerdote, al menos tal como nos lo imaginamos en nuestras civilizaciones contemporáneas, el brujo pareciéndonos un ser con poderes inquietantes, que trabaja en la sombra, manipula las llamadas fuerzas ocultas, y el sacerdote siendo, por supuesto, el ser dedicado a Dios, su ministro y su servidor, un hombre de bien, que actúa a la luz del día.
Sin embargo, el chamán era a la vez sacerdote, en cuanto estaba al servicio de los hombres y de las mujeres de su clan, que pertenecía a los dioses con los cuales conversaba, y a los que se consagraba para interceder en favor de los hombres, y también brujo, puesto que conocía los misterios de los poderes y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sabía utilizar y aprovechar oportunamente. Pero el chamán, además de ser sacerdote y brujo, también era médico, curandero, mago, adivino, poeta, músico y cantante.
Guardián de las tradiciones y las creencias que transmitía y salvaguardaba, se identificaba con todas las formas de vida existentes en la naturaleza, desde la piedra hasta el pájaro.
Al haber sido piedra, pez, pájaro, ciervo, árbol, incluso espíritu o demonio, era capaz de alimentarse de todas las cosas existentes aquí abajo y en el Más Allá; dominaba las fuerzas, las substancias y los lenguajes secretos, que le conferían, por supuesto, poderes sobrenaturales y sobrehumanos.

UN DON DIVINO
Sin embargo, precisemos que, según los pueblos de Siberia oriental, el chamán no tenía ninguna otra elección que la de encarnar este papel, puesto que era su destino, su vocación y su cruz. El hombre o la mujer destinados a convertirse en chamanes llevaban la marca indeleble desde su más tierna infancia. ¿Cómo se reconocía? Por señales distintivas evidentes y, por supuesto, de orden sobrenatural. Puesto que se trataba de una marca divina.
En el mundo de la razón, es decir, el mundo que hemos creado pieza a pieza dándole unos límites precisos, bien definidos, que no deben sobrepasarse, el chamán queda como un loco, un insensato. Para nosotros, actualmente, se trata de un ser víctima de crisis de histeria, epilepsia o de exhibición, que no tienen nada que ver con manifestaciones de lo divino y que sólo alcanzan a ser un pretexto de ello.


Es cierto que al resultar relegadas las tradiciones y las creencias ancestrales, al menos la mayoría, al triste rango del folclore, es difícil encontrar un auténtico chamán hoy en día. Aún más cuando el universo de los medios de comunicación, del cual nos nutrimos demasiado, cada día más sin discernimiento, se presta más que cualquier otro al reino de los impostores y los usurpadores.
Ahora bien, el don divino de un chamán, que hacía de él un ser distinto, la facultad rara, excepcional que le marcaba desde su más tierna infancia y le destinaba, pues, a servir, ayudar, aliviar -y esto, incluso cuando suscitaba el miedo y el temor a los hombres y a las mujeres de su pueblo, puesto que se mostraba a ellos tal como eran ellos mismos, jugando a los hombres-espejo, una especie de reflectores de conciencias de su tiempo-, era esa capacidad tan singular el éxtasis, del trance místico, que parece ser la causa de una expulsión de uno mismo, un rapto del alma.
Muchos santos y santas de Europa tuvieron esta experiencia, como testifican los múltiples relatos de sus vidas y sus prodigios durante la Edad Media. Al igual que el chamán, casi siempre estaban dotados del poder de aliviar y curar y de realizar milagros.
Tenían visiones, entraban en trances extáticos, hablaban en un lenguaje poético de gran belleza, que tenía a la vez algo de incomprensible y de hipnótico, de hechicero y de misterioso, pero quienes lo entendían comprendían a medias, pareciéndoles entonces conocerlo desde siempre.
Es cierto, aparte de algunas excepciones, que se trataba más a menudo de mujeres que de hombres, como si la causa mística y el trance extático fueran estados más propicios a la naturaleza femenina que al temperamento masculino, al menos en Europa.
Tal vez, esto se explica porque, si lo observamos bien, una cultura llamada judeo-cristiana, de carácter imperialista, causó estragos en Europa durante muchos siglos, cultura que no tenía nada que ver con las raíces en las que se había inspirado. De tal modo, en Asia, el chamán era más a menudo un hombre y, en las civilizaciones antiguas, los sacerdotes-brujos y los sacerdotes-astrólogos eran hombres.
También se sabe que algunos brujos de los pueblos indios de Norteamérica eran todos hombres.¡Pero qué más da el sexo del chamán! Hombre o mujer-medicina, por su naturaleza, vocación y destino posee un poder de vida y de muerte, puesto que puede curar, acabar con el mal, invocar a los dioses y hablar su lenguaje, predecir el futuro, adivinar los pensamientos, las intenciones, los secretos del alma, ver y prever, salir de su cuerpo, entrar en otras formas de vida, penetrar en otros mundos y otras realidades.
Y nada dice que los dones y los poderes del chamán no sean dones y poderes innatos en cada uno de nosotros, que hemos ido perdiendo poco a poco a lo largo de milenios, al escoger otra vía entre las innumerables y variadas que ofrece la evolución y que la vida pone a nuestra disposición.