domingo, 12 de marzo de 2017

Las plantas mágicas y míticas V: La digital, el incienso y el estragón

Deja macerar 30 gramos de estragón fresco, recogido en Luna llena durante el mes de mayo o junio, en un litro de un buen vino blanco seco durante 28 días, es decir, hasta la siguiente Luna llena. Así dispondrás de un aperitivo tonificante.

LA DIGITAL


Digitalis, su nombre latino, que significa «del grosor de un dedo» le fue dado a causa de sus flores púrpuras dispuestas en corolas tubulosas a lo largo de su alto tallo y cuya forma evoca la de un dedo de guante o una dedalera.
Así pues, en algunos países, no sin cierta ironía, voluntaria o no, se ha llamado a esta planta tóxica y mortal «guante de Nuestra Señora», o más simplemente «guante de pastor»; mientras que en otros, tal vez más conscientes de que su bello aspecto disimula dudosas virtudes, la han llamado «guante de zorro», haciendo alusión a la astucia proverbial de este animal.
En todo caso, a partir de una pequeña cantidad de sus hojas o en decocción, puede provocar náuseas, vértigos y mareos, a veces incluso delirios, y también vómitos y diarreas, a la vez que, poco a poco, el pulso cada vez va más lento y, por último, se produce una fibrilación cardíaca mortal. Sin embargo, como sucede casi siempre con los productos naturales, el mal, si se emplea correctamente, puede también hacer el bien.
Actualmente, ya nada pone en duda las virtudes benévolas, salvadoras y estimulantes de la digitalina, principal constituyente químico activo en esta flor, que fue descubierto en el siglo XIX, pero del que nuestros antepasados apreciaban ya los beneficios desde tiempos inmemoriales; puesto que el hombre siempre ha tenido el corazón enfermo.
Consecuentemente, la digital ocupa un lugar importante en las consultas de las farmacias fitoterapéuticas.
Digitalis purpurea es el producto homeopático para las afecciones cardíacas.
En cuanto a la digitalina, los médicos alópatas la prescriben para disminuir el ritmo cardíaco, reducir la tensión arterial y aumentar el tiempo entre los latidos del corazón.

EL INCIENSO


Del latín encensum, que significa «lo que se quema», el incienso comparte, con el incensario, una etimología y una historia religiosa comunes.
Su nombre designa a una planta arbustiva resinosa aromática oriental que los griegos denominaban libanos (en árabe: lubân) o oliban, sinónimo de incienso, o thuos, que significa «ofrenda o perfume» -se sobreentiende «que se quema»-, raíz etimológica de «tuya», una especie de ciprés. Destaquemos que thuos se relaciona con dhu, raíz indoeuropea que también significa «quemar» o «humear», que es el origen de palabras latinas como fumus«humo» y februarius, el mes de «febrero», o, si se prefiere, el mes en que «se quema».
De entre los regalos que los Reyes Magos trajeron al visitar a Jesús, se encontraban dos plantas: la mirra y el incienso.
La mirra procedía de Arabia y de Abisinia, a sus arbustos, los botánicos los llaman Boswellia y se caracterizan por sus ramas y corteza provistas de una goma pegajosa, que era recogida y a partir de la cual se fabricaban aceite, perfumes y bastoncitos que se quemaban por su olor.
Todavía hoy en día, el árbol del incienso se cultiva en Eritrea, en Somalia, en el sur de Arabia y en la India.
Los egipcios, los mesopotámicos, los asirios, los sirios, y más tarde los griegos y los romanos importaban el incienso de Arabia.
Se transportaba en caravanas con la mirra, la canela y el azafrán.
Poco a poco, en todas estas civilizaciones antiguas, el incienso sustituyó a las grasas animales que se utilizaban en los sacrificios.
Si esta planta es célebre por su perfume y su utilización en ritos religiosos para honrar, quemando incienso o incensar, no es tan popular su uso también con fines medicinales.
Sin embargo, en el siglo XII, Hildegarda de Bingen coloca el incienso en un lugar importante entre sus hoy famosos remedios:
«Coge el incienso y redúcelo a polvo, añade luego un poco de harina y pon también una clara de huevo; elabora pequeñas bolitas que dejarás secar al sol sobre una piedra caliente o al horno; huélelas a menudo: su perfume te aliviará, aclarará tus ojos y llenará tu cerebro».
Los efectos tonificantes e hipnóticos del incienso no habían pasado desapercibidos para la salud.

EL ESTRAGÓN


Este pequeño dragón o hierba del dragón, significados etimológicos de su nombre, que figura hoy en día en un buen lugar en nuestros hogares y en nuestras cocinas entre las especias, era bastante apreciado por los médicos árabes y, especialmente, por Abu Alí al-Hosain ibn Abdallah ibn Sinah, más conocido en Europa con el nombre de Avicena, sabio, erudito, médico y místico árabe de principios del siglo XI. Sus estudios y escritos tuvieron efectivamente una profunda resonancia en el pensamiento de la época medieval. ¿En qué momento el tarkhoun de los árabes fue introducido en Oriente? La historia no nos lo cuenta. Puesto que, en realidad, esta hierba aromática es originaria de Rusia y Siberia. No es hasta finales del silo XVII cuando Jean de La Quintinie, el intendente general de los huertos de frutas y verduras de Luis XIV, lo cultivó en gran cantidad y lo introdujo en las cocinas del rey. Pero antes de esto, se apreciaban sobre todo lo que llamamos hoy sus virtudes aperitivas, es decir, estimulantes del apetito y tonificantes para el estómago, es decir, que favorecen la tonicidad y la energía de los órganos. Así pues, se empleaba el targón, que se convirtió en estargón y, más tarde, en «estragón», para combatir las flatulencias, restaurar el apetito a los anoréxicos, favorecer la menstruación a las mujeres, incluso para ser más resistente a lo que todavía no se denominaban virus, pero que, evidentemente, ya causaban estragos entre nuestros antepasados. Finalmente, era muy eficaz contra los venenos.


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