lunes, 24 de julio de 2017

La cábala: El mito del Paraíso perdido



Veamos cómo, al combinar las letras-Número del código de la cábala, se puede interpretar el mito del Paraíso perdido, y cómo los cabalistas nos invitan a recuperarlo.

Existe una gran diferencia entre los redactores de la Biblia y aquellos que nos transmitieron el código de la cábala tal como la conocemos en la actualidad: los primeros trabajaron en un contexto agrícola, preocupado por la preservación social y la institución política, los segundos se preocuparon por el alma y la evolución espiritual, la mística y la comunión con la naturaleza por la tradición en el sentido puro y verdadero del término.
Por eso, a partir de principios del XI milenio antes de nuestra era, aproximadamente, hubo 5 innovaciones que produjeron un cambio radical en el estilo de vida y en la mentalidad, tal vez incluso provocaron un cambio en la estructura mental del ser humano. Se trata del riego, la agricultura. el sedentarismo, la construcción de ciudades y la ciencia de los hombres, que empieza por la escritura. No nos equivoquemos, estas 5 innovaciones, relativamente recientes en la historia de la humanidad, son la base misma de nuestra civilización moderna. Sin embargo, al contrario de los prejuicios e ideas en boga al respecto, no hace falta afirmar que son el origen de un gran progreso, un fantástico salto hacia delante para los hombres y las mujeres del planeta.

ENTRE EL PARAÍSO PERDIDO Y LA EDAD DE ORO

Sin duda alguna, visto desde fuera, el ser humano contemporáneo puede tener buenas razones para congratularse por su inmensa capacidad de invención y de su poder de realización. ¿Pero qué precio debe pagar para llegar a este punto? Si aquí nos hemos referido al mito del Paraíso perdido, o al de la Edad de Oro, que el fue prometida a la humanidad es para subrayar la dificultad de pertenecer al género humano, cualesquiera que sean los progresos realizados o lo que consideramos como tales. Estos mitos recurrentes nos acosan y nos hacen soñar, pero jamás nos tomamos el tiempo, ni el trabajo, de reflexionar con detenimiento sobre el tema. Esto es lo que la cábala nos anima a emprender. También es lo que nos invitan a hacer todos los místicos y profetas que, en función de su experiencia singular, y cada uno según su cultura y, por supuesto, su época, han mantenido el mismo discurso, también repetido, y que se puede resumir en esas palabras anónimas escritas en el frontal de la puerta de una ciudad de la India: "El mundo es un puente. Pasa por encima pero no fijes en él tu morada".

¿QUIENES SON ADÁN Y EVA?

El Paraíso o la Edad de Oro no son un lugar físico ni un tiempo pasado o futuro. Es un estado que hemos perdido y que podemos recobrar.
Así, actualmente, podemos muy bien situar el mito bíblico de Adán y Eva en aquel momento, finalmente no tan lejano de nuestra historia, en que los grupos humanos pasaron del estadio de cazadores-recolectores, es decir, todo el período denominado mesolítico, al de agricultores. En efecto, este cambio provocó un trastorno en su comportamiento y sus relaciones con la naturaleza; puesto que ciertamente, en este momento, es decir, cuando empezaron a cultivar la tierra, los hombres hicieron una analogía entre la tierra y la mujer y se identificaron a sí mismos con el cielo, ejerciendo una superioridad sobre la tierra y sobre las mujeres.
Antes de esto, los mitos de la Creación, es decir, las cosmogonías del mundo entero, se refieren a una especie de Cielo-mujer y a una Tierra-hombre.
El antiguo Egipto mantendrá esta doble noción personificada en Nut, la diosa del Cielo, y Geb, el dios de la Tierra. De ahí que los cazadores-recolectores convertidos en agricultores abandonaran los bosques paradisíacos en que solamente tenían que cazar y recolectar para alimentarse, en donde todos los frutos de la Tierra estaban al alcance de la mano, para pasar a labrar, sembrar, cosechar, es decir, someterse a los duros trabajos de la tierra que los han esclavizado. Se expulsaron, pues, a sí mismos del Paraíso.



Más tarde, cuando Caín mató a Abel, siempre según la cábala, se nos cuenta la misma historia pero en otras palabras. En efecto, Abel era un pastor, mientras Caín era un agricultor.
Matando su hermano, que encarna a los cazadores-recolectores, hace que triunfe la agricultura, pero es condenado a vagabundear eternamente.
Y Caín será el primero en construir ciudades.
El agricultor Caín será, por supuesto, simbólicamente, el pionero de la civilización moderna; puesto que las ciudades sólo han podido prosperar gracias a la agricultura, y sigue siendo así en la actualidad. Pero al convertirse en agricultores y luego en ciudadanos, es decir, en sedentarios, los hombres y las mujeres, representados simbólicamente por Adán, el ser humano primigenio, portador de un germen en formación (evidentemente según la cábala), abandonaron este lugar, el Jardín del Edén de la Biblia, para establecerse en lugares y en estados que impiden cualquier progresión, que han interrumpido la evolución que se les había prometido. Perdieron todo contacto real, innato y puro con la naturaleza de la que surgieron, y fueron desposeídos de muchas facultades que hoy llamamos instintivas o psíquicas, que les permitían tener una aprehensión global, universal y, en todo caso, unificadora, de la vida.
Ahora bien, las letras-Número de la cábala forman un lenguaje totalmente singular, único en su género, constituido por símbolos unificadores capaces de reactivar nuestras facultades psíquicas perdidas o dormidas, como las notas musicales empleadas en un instrumento, símbolos a partir de los cuales el músico obtiene los sonidos, acordes y armonías que producen en nosotros sensaciones, sentimientos y estados de ánimo. Según el investigador Guy Casaril: "Lejos de ser un juego de letras, cifras y palabras, el Tseruf [así es cómo Abraham Abulafia, místico judío y cabalista del siglo XII, llama a la ciencia de la asociación y permutación de las letras-Número del código de la cábala] es, pues, la técnica progresiva que permite al discípulo liberar su alma en un éxtasis provocado, del cual podrá controlar su desarrollo. Abulafia menosprecia las formas irracionales, y de alguna manera inconsciente del éxtasis, y los niveles de locura peligrosos. Para él, la práctica del Tseruf es una especie de composición del sentido musical. Así como el compositor combina las notas de la escala según unas reglas fijas, y no de forma anárquica, el místico combina las letras-Número siguiendo una severa técnica".


martes, 11 de julio de 2017

Las plantas mágicas y míticas XII: El tomillo, la verbena y la vid

Con una taza de tomillo para purificar nuestro organismo o para recuperar vitalidad, o con una taza de té árabe para pasar una noche dulce y ligera, o también un vaso de vino de vida, la bebida de los dioses, desde ahora sabremos por qué cuando brindamos decimos salud.

EL TOMILLO


El origen etimológico griego de su nombre significaba «ofrenda que se quema, perfume, aroma». Así que los griegos quemaban hojas de tomillo secas, de cuyo humo se desprendía un perfume dulce, como ofrenda a sus dioses y como muestra de agradecimiento. También el tomillo que encontramos en estado salvaje en las colinas que rodean el Mediterráneo, y del cual existen muchas especies, exhala de forma natural un perfume muy agradable. Sin embargo, desde la más alta Antigüedad, el tomillo y el serpol, que es una variedad del tomillo, además de considerarse plantas sagradas, se utilizaban comúnmente para fines culinarios, terapéuticos y estéticos. Los antiguos ya conocían los principios estimulantes, tónicos y balsámicos ―contiene un bálsamo natural capaz de suavizar las mucosas respiratorias― y, sobre todo, antisépticos, del tomillo. De manera que sabían que las infusiones de tomillo eran milagrosas para curar los catarros, combatir la angustia y la ansiedad, eliminar las malas ideas, estimular las funciones digestivas, curar el asma, y también eran conscientes de que la decocción de las hojas de esta planta, o su esencia mezclada con agua en un baño, revivifica el organismo y alivia los males reumáticos o artríticos. Los ingleses tenían por costumbre mezclarlo con cerveza. Según ellos, esta bebida de gusto sabroso les daba fuerza y valor. Señalemos de paso que el timo (antiguamente relacionado con el tomillo), que es una glándula situada en la base del cuello, más aparente en un niño que en un adulto, tiene un papel esencial en el sistema inmunitario y simboliza, pues, la vitalidad de un ser.

LA VERBENA


Verbenae, su nombre original latino, designaba las coronas de ramilletes de olivo, de laurel, de verbena y de mirto que los sacerdotes romanos se ponían en la cabeza a la hora de hacer los sacrificios que ofrecían a los dioses. Sin embargo, no era esta especie de verbena la que nuestros antepasados consideraban una hierba sagrada ―y que también empleaban como cataplasma para curar sus heridas y flemones―, sino la variedad llamada verbena olorosa o cidronela, importada de Chile por los europeos en el siglo XVIII y que hoy en día encontramos en nuestros jardines.
Y si la llamamos cidronela es simplemente porque exhala un dulce perfume acidulado que recuerda el del limón, que es un cítrico.
Aunque, según los griegos y los romanos, la verbena tenía el poder de eliminar los malos espíritus, y los hechiceros de la Edad Media la utilizaron durante mucho tiempo para preparar ungüentos y brebajes mágicos; pero, la verdad, es que gozaba de muy pocas virtudes terapéuticas. En cambio, la verbena olorosa, o cidronela, se reveló muy rica en cualidades medicinales y fue, por consiguiente, rápidamente adoptada por los farmacéuticos del siglo XVIII. Actualmente se conocen sus principios digestivos, tónicos, antiespasmódicos, sedantes y antineurálgicos. La infusión de verbena pasó a llamarse «té árabe», puesto que en el norte de África era costumbre beberla después de las comidas, para ayudar a la digestión y pasar una noche tranquila.
En cuanto a la primera especie de verbena, es bueno destacar que para los griegos era un atributo de Afrodita y que tenía fama de esconder virtudes afrodisíacas, lo que se reveló totalmente cierto.
Así pues, las hojas maceradas en vino de la hierba sagrada de nuestros antepasados se utilizaban, como es de sospechar, para algo más que para estimular el aparato digestivo.

LA VID


No podemos hablar de la vid sin hacer alusión a la uva y al vino. Según la leyenda mítica griega, Dioniso, Baco para los romanos, era el dios de la vid, del vino, u no de la ebriedad, como a veces se ha entendido peyorativamente, sino del éxtasis. Este matiz tiene su importancia si comprendemos que «ebriedad» viene de la palabra latina ebrius, que significaba «que ha bebido demasiado vino», mientras que éxtasis, viene del griego ektasis, cuyo sentido era «trance, arrebato». Por ello, el Baco de los romanos se asoció con la embriaguez que proporciona el vino cuando bebemos demasiado, mientras que en Grecia, en un principio, aquellos que se consagraban a los rituales iniciáticos del culto a Dioniso bebían vino para encontrar la inspiración divina. Concedían al vino el mismo uso que los chamanes o aztecas al peyote. De manera que, durante toda la Antigüedad, no solamente en la época griega, el vino se consideró la bebida de los dioses y la vid un árbol sagrado.
En Sumeria, en el III milenio antes de nuestra era, el símbolo que representaba la vida, llamado Hierba de Vida, no era otro que la hoja de parra. Mucho más tarde, este mismo símbolo aparece en los Evangelios del Nuevo Testamento, cuando Jesús utiliza la imagen de la vid como parábola del Reino de Dios: «Id vosotros también a la viña, y os daré lo que es justo» (San Mateo, 26, 27 y Marcos, 14, 23). Para terminar, destaquemos que nuestros antepasados sabían que la infusión de hojas de la vid era un excelente regulador de la circulación sanguínea, que combate todos las trastornos de las venas y varicosos, y que la uva posee propiedades «desintoxicadoras» del organismo, que estimula las funciones hepáticas y que posee virtudes energéticas fuertes y reconocidas.